En fechas cercanas la comunidad diocesana y en especial nuestro presbiterio contarán con la visita del Sr. Pbro. Lorenzo Trujillo, sacerdote español, de la diócesis de Ciudad Real. Con este motivo un servidor tuvo un diálogo sobre el apasionante tema de la pastoral vocacional.

El buen católico siempre será sensible al tema de las vocaciones al ministerio sacerdotal, pues reconoce que es la raíz que sostiene el árbol bello y fructífero de la pastoral de la Iglesia. Así en diálogo fraterno el Padre Lorenzo con su experiencia sacerdotal nos anima a tomar las riendas de esta labor tan seria y necesaria.

1. ¿Es importante la pastoral vocacional en las tareas diocesanas? ¿Es necesaria o se puede prescindir de ella?
La pastoral vocacional, bien entendida, no es una pastoral más, ni siquiera una de las más importantes. Es el fondo de toda pastoral, dado que la verdadera pastoral no pretende hacer cristianos en abstracto (en vacío), sino cristianos que respondan a la voluntad de Dios con sus vidas originales e irrepetibles. La pastoral que se desentiende de la llamada de Dios como constituyente del ser cristiano, no es propiamente pastoral sino activismo empresarial; a la larga se esteriliza a sí misma. No hablo de memoria: es la experiencia de nuestras viejas y depauperadas iglesias, por otro lado plenas de actividades pastorales. Por tanto, la pastoral vocacional no es una sección o parte de la pastoral global sino una dimensión de toda ella y de todas sus secciones; es como un "trascendental", o, como ahora dicen los pedagogos, una línea transversal a toda la pastoral. El cristiano llega a serlo de verdad cuando se enfrenta al Señor para confesar su Nombre y encuentra en él su camino y su identidad vocacional. Todo esto exige superar la idea de pastoral como conjunto de actividades, estrategias, tácticas, planificaciones, despachos, para entrar en otro planteamiento: la pastoral es la acción salvadora que Jesucristo ejerce hoy por medio de su Iglesia vivificada por el Espíritu Santo y organizada para ello. Nace de la vocación (la del Señor en el Jordán), pasa por la actualización del Sacrificio en la Eucaristía, y desemboca en la vocación (la de cada bautizado en su Jordán). Por supuesto requiere y engendra una disciplina que aúna esfuerzos, una planificación servicial moderada y humilde.
 
2. ¿Cuál debe ser el papel de todo sacerdote en la pastoral en la pastoral vocacional? ¿Cuál es su experiencia?
La llamada, cualquier llamada divina, se escucha y se recibe en la Iglesia, puesto que la Iglesia es el eco múltiple y unitario de la llamada divina, no algo extrínseco a esta. Todos los miembros de la Iglesia tienen obligación de ser mediación activa. Es claro que el sacerdote ministerial tiene una importancia especial: quien preside la Eucaristía gobierna la comunidad, y quien gobierna la comunidad, llama a escuchar y obedecer al Señor, señala las necesidades ministeriales, insta a compadecer a las ovejas por amor al Buen Pastor. Dentro del sacerdocio ministerial, esta obligación lo es, en primer lugar, del obispo diocesano. Él tiene la autoridad del Señor para llamar, incluso personalmente (respetando la libertad, por supuesto). Una diócesis, a largo plazo, refleja la pasión de su obispo, su preferencia pastoral. Lo mismo sucede, a otro nivel, con el sacerdote. El sacerdote identificado con su sacerdocio habla de él sin hablar, llama sin agobiar; es para los jóvenes, referencia e icono. Creo que el sacerdote que no se apasiona con la predicación de la vocación, y muy especialmente de la sacerdotal, pasa por un momento (ojalá sea momento) de vaciamiento y de crisis. Los que hemos trabajado en seminarios sabemos que el estado de estos es reflejo casi perfecto de la ilusión, honradez y santidad de los sacerdotes que componen el presbiterio. También de la diócesis en su conjunto: las vocaciones de todo tipo, pero especialmente las consagradas y, dentro de estas, las sacerdotales, son la "nata" de una iglesia local; y una iglesia "desnatada" tiene que escuchar con temor y temblor lo que dice el Ángel a la Iglesia de Laodicea (Ap 3,14). Hoy existen iglesias particulares que están desapareciendo como iglesias en sentido estricto; serán centros misioneros in partibus infidelium o comunidades catecumenales a la espera de pastores y de Eucaristía.
 
3. ¿Qué recomendaría, sobre este punto, a la familia?
Lo primero, que sea una familia cristiana. Esto supone, una asunción de la virilidad y de la feminidad en acción de gracias al Señor (la "ideología de género" es una bomba diabólica contra la misma idea de vocación pues lo es contra la vida); una oración compartida y convivida que se deriva permanentemente de la sacramentalidad del matrimonio (presencia continua y explícita de Cristo y de María en el hogar); una coherencia moral, tanto afectiva como económica (del bienestar egoísta no nacen vocaciones de ningún tipo); un amor a la vida personal que han recibido, a los hijos como hijos de Dios. Esto quizá sea lo más importante: ver a sus hijos como "huéspedes" en tránsito que el Señor les ha confiado; no apropiarse de ellos en ningún sentido. Para llevar a cabo esta tarea vocacional, la familia ha de vivirse como vocación, como misión. Y, en los momentos actuales, es imprescindible que la familia esté inserta en una red de familias cristianas, bien a través de la parroquia, del colegio, de movimientos familiares, etc. El estado tiende a ser omnipotente (¡El Gran Hermano!) y a limitar la autoridad de los padres hasta eliminarla; la "nueva cultura" invade la educación, ya arrebatada a los padres por los medios de comunicación. Nuevas formas de "parentesco", de apoyo, de educación han de nacer. De lo contrario, la decadencia será inevitable.
 
4. ¿Es motivo de alegría y esperanza, para un joven, el saber y sentirse llamado por Dios al sacerdocio ministerial?
Si es creyente, con toda seguridad. Si su fe es mera credulidad o residuo cultural, o préstamo no personalizado, hoy no constituirá motivo de gozo sino invitación a la huida. Si el joven vive la objetividad cristiana y ha superado la tentación de "ser feliz" "a su manera" según las pautas de época, entonces reconocerá en la llamada su nombre y su futuro, y ello traerá la alegría de quien se sabe amado intensamente y llamado a un amor de donación. Ser llamado hoy (cada vez más) es recibir la encomienda de acompañar al Señor en un momento martirial grandioso, de hacer por el hombre lo más grande y hermoso: devolverle la ilusión perdida, la dignidad arrebatada, la esperanza contra toda esperanza. Pero se tiene que dar cuenta, tiene que recibir la llamada en lo hondo del corazón. Hoy no caben santos "del común de confesores" (perdón): quien no personalice la fe y no sea capaz de vivirla hasta en el desierto y en el desamparo, será difícil que escoja la mejor parte. O sea: para el joven que conozca al Señor y entable una relación de amistad, la vocación es confirmación de esa amistad y predilección; todo llamado puede llamarse "discípulo amado", porque lo es. De ahí brotará una alegría que nadie podrá quitarle. 
 
5. Por último, un muy agradable recuerdo del ministerio sacerdotal que Dios le ha regalado.
En mi memoria están más vivos aquellos en que he experimentado la transmisión sacerdotal de esperanza y vida a personas que han venido derrotadas por el pecado; han sucedido especialmente en la confesión. Algunos de estos casos no se borran de la memoria. Ver empezar a vivir (¡a veces se ve!) a personas que estaban muertas, es algo que te hace pequeño y te llena de gozo. Sí: mis manos (en sus Manos) han curado, y esto nadie me lo puede quitar porque ya está en otros; aunque yo llegara a ser un malvado (no lo quiera Dios), esa bondad que pasó por mí me sobrevivirá y crecerá. Y en conjunto: a pesar del dolor por los fracasos, o la vergüenza por las propias incoherencias, es algo inmenso tener como "forma vitae" la más hermosa "profesión" del mundo: colaborar con el Señor para crear personas para la eternidad. Yo sé que en el cielo, muchos hijos de otros, tendrán, sin embargo, en su rostro glorioso algún rasgo mío por la bondad del Señor que me llamó a engendrar en Cristo (recordar La anunciación a María, de Paul Claudel).
 
Nunca sobrará el testimonio de los sacerdotes comprometidos con la labor de la Iglesia, animan a no olvidar los trabajos tan necesarios a favor de las vocaciones, Agradezco al Padre Lorenzo Trujillo su disponibilidad. Y reitero la invitación a la comunidad diocesana de seguir orando y encomendando a su Seminario.

 

+ Miguel Romano Gómez
Obispo auxiliar de Guadalajara
Rector del Seminario.