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Joven, hoy quiero hablarte del Sacerdocio EL RECTOR DEL SEMINARIO |
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Estimado joven: Hoy, como todos los días, Cristo piensa en ti; permíteme hacer, sobre esto, un comentario. Desde antes de que tú nacieras, El ya te conocía, te observaba con un rostro concreto, único e irrepetible, es decir, con tu rostro, el cual te distingue a ti como una persona única. Viendo tu rostro, Cristo ha pensado tu misión en la vida, en tu vocación, en un maravilloso proyecto que El quiere que tú realices. Sabes muy bien que todos tenemos una misión en la vida, pues a cada uno el Padre nos ha encomendado algo, y Cristo nos ha prometido la asistencia del Espíritu Santo para realizarla, a todos nos pide, hombres y mujeres, solteros o casados, ancianos o niños, que cooperemos alegremente para difundir más su mensaje de amor, de paz, de perdón y misericordia para todos los hombres. Para ello, cada uno recibe una vocación, la cual se da a conocer en el momento oportuno. Así, la mayoría son llamados al matrimonio, pero otros son elegidos para la vida religiosa o ministerio sacerdotal. De esto, hoy te quiero hablar… del sacerdocio. Como sabes, un día antes de morir, Cristo tuvo una cena muy especial con los apóstoles. Ahí, en obediencia al Padre, instituyó dos sacramentos: la Eucaristía y el sacerdocio. Por primera vez, el pan se convirtió en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Sin embargo, era necesario, después de su muerte, resurrección y ascensión al cielo, que hubiera quiénes hicieran eso en memoria suya, es decir, que pudieran consagrar el pan y el vino, y entregarnos, en alimento espiritual, su Cuerpo y Sangre. Era igualmente necesario que hubiera ministros a través de los cuales se perdonaran los pecados y se ungiera a los enfermos. Por eso, Jesucristo ha querido participar de su eterno y perfecto sacerdocio a algunos hombres para continuar su obra de amor y de perdón, de salvación en el mundo entero. Joven, probablemente has pensado muchas cosas para tu vida; has soñado con los ojos abiertos y esperanzados. Tal vez, has visto la posibilidad de formar una familia, con alguna profesión u oficio: médico, ingeniero, abogado, mecánico, maestro, comerciante, etc. Sin embargo, ¿no te has preguntado que quiere Cristo para ti? ¿no has pensado en que El ocupa tus manos, tu voz y toda tu persona para consagrar el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre? ¿no has pensado lo felices que harás a muchos predicando a Cristo y, en su nombre, perdonando los pecados? No tengas miedo de preguntarte qué es lo que Cristo desea para ti, pues El siempre está contigo, ayudándote y bendiciéndote. Ser sacerdote significa, ante todo, ser amigo de Cristo. No te llama a ser empleado, ni siquiera para que formes parte de su “personal de confianza”, sino que te llama para que seas su amigo. Sí, el sacerdocio es una experiencia de amistad íntima con Cristo. El sacerdote es puente entre Dios y los hombres, el entusiasta pregonero del Evangelio de Jesucristo. Joven, no tengas miedo, pues Cristo no falla ni defrauda. Joven, Cristo no te ofrece lo bueno, sino lo mejor. El está siempre contigo, y con Cristo está María, su Madre. Recibe mi saludo, que hago extensivo a tu familia, y la seguridad de mi oración. Con aprecio. + Miguel Romano Gómez
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