Cercano el Día del Seminario, el próximo 2 de marzo, es de agradecer a Dios como acompaña cariñosamente a su pueblo, la Iglesia, en la presencia y guía de los sacerdotes. Ahora, valoremos, mediante una sencilla descripción, la grandeza del llamado al sacerdocio. ¿Cómo es el sacerdote? Llamado a ser compasivo y misericordioso, a ejemplo de Cristo, el sacerdote ha de tener también compasión y misericordia consigo mismo y en los demás. Aceptar que es débil, pero fuerte gracias a Dios. Humilde, siempre humilde y agradecido por el amor de Dios y la confianza del pueblo de Dios.

Discípulo, antes que maestro. Enviado por Dios, sin ser dueño del rebaño. Servidor de todos, no propietario de la viña. Pecador, antes que ser ministro del perdón. Necesitado siempre del Espíritu Santo para desear el bien a todos, y a todos tratarlos con exquisita caridad.

Enviado por Cristo para anunciar el Evangelio, palabra de vida. El, por amor y fidelidad a Dios, debe hablar de Jesucristo y no de sí mismo, depositando en el corazón del oyente las palabras del Señor, no las suyas. Proclama el Evangelio como quien lo acepta de corazón, y se esfuerza por vivirlo con entusiasmo.

“El sacerdote es un don de Dios para servir con la más alegre entrega al servicio de todos. Es de Dios y para acercar a todos hacia Dios. Es un instrumento de la gracia para fortalecer al débil y aportar humildad al que se cree fuerte” (Juan Pablo II).

Es el Señor quien llama; nosotros, libre y responsablemente, hemos querido seguirle. Con San Agustín de Hipona, podemos repetir: “Tú, Señor Jesús, no hubieras puesto en mi corazón estos deseos de servirte si no estuvieras dispuesto a saciarlos. Contigo todo temor se disipa. Confío en Ti; si desconfío de mí, tengo una muy grande confianza en Ti”.

La experiencia sacerdotal es grande y hermosa no exenta de dificultades, pero siempre acompañada de aquellas satisfacciones que Cristo, Buena Pastor, no cesa de otorgar a quienes ama, a quienes le predican; a quienes, siendo sacerdotes, con su palabra y ejemplo, hacen pensar y desear a Dios. Gracias al sacerdote se siente el afecto de Jesús por cada uno de nosotros.

Joven, si el Señor te llama, síguelo. Nunca se equivoca ni se arrepiente el que responde con alegría y prontitud a las palabras del Señor. El sabe a quien llama, y le llama por amor y para amar. Es comprensible tu pausa o tu duda, tu espontánea desconfianza. Sin embargo, con la ayuda que el mismo Jesús te ofrece, la pausa se torna paso sostenido, la duda se convierte en certeza inquebrantable y la desconfianza en entrega generosa e irrevocable.

María y los santos te animan a, como ellos, decir a Jesús: “sí, quiero seguirte, conocerte, amarte y anunciarte a todos”.

Finalmente, siguen presentes en nuestro interior las palabras del siervo de Dios Juan Pablo II: “no tengáis miedo”.


Les acompañamos con la oración y agradecemos su oración por los sacerdotes y el Seminario de Guadalajara. Muchas gracias.

+ Miguel Romano Gómez
Obispo auxiliar de Guadalajara
Rector de Seminario