Los ministerios al servicio de la Iglesia

LOS MINISTERIOS AL SERVICIO DE LA IGLESIA: LECTORADO Y ACOLITADO

 

Hola estimado lector, el domingo 28 de mayo varios seminaristas entre cuarto y segundo de teología recibirán por menos del Obispo los ministerios de lectorado y acolitado en servicio a la Iglesia, al igual son pasos más cercanos al sacramento del orden sacerdotal y es una experiencia de motivación en la vocación del seminarista.

Te invito a conocer más de cerca qué son estos ministerios que llevan siglos en la Iglesia en favor de los hermanos.

 

MINISTERIO DE LECTOR

Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero (Sal. 118, 105).

 

Entre los efectos que produce el bautismo en quien lo recibe es que lo transforma en sacerdote, profeta y rey. Una concretización significativa en la vida cristiana del ser profeta es cuando el seminarista se convierte en “mensajero de la Palabra de Dios” a través del ministerio de lector.

 

Para recibir el lectorado es necesario ser conscientes de que ha de:

 

  1. Procurar ser un adecuado receptor de la Palabra de Dios, para luego ser proclamador de la misma en la asamblea litúrgica.
  2. Desarrollar la docilidad al Espíritu Santo al recibir y anunciar la Palabra de Dios, para ser penetrado y transformado plenamente por ella.
  3. Meditar asiduamente y con diligencia la Palabra de Dios para ir creciendo en el afecto hacia ella.
  4. Ser consciente de la responsabilidad adquirida en el oficio que se le confía, y con empeño, poner los medios aptos para conseguir cada día un suave y vivo amor a la Sagrada Escritura para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor.
  5. Anunciar el mensaje con fidelidad y solicitud a sus hermanos para que sea más viva y eficaz en el corazón de los hombres.
  6. Educar en la fe y preparar para recibir los sacramentos a los niños, a los jóvenes y a los adultos.
  7. Llevar también el mensaje de la salvación a quienes aún no lo conocen, cooperando así para que todos los hombres conozcan, amen y sigan a Dios para que puedan salvarse.

 

EN RELACIÓN A LA VOCACIÓN:

 

Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí, Señor, Dios de los ejércitos (Jer. 15,16).

 

  • Que el alumno sea consciente que este ministerio es un don de Dios.
  • Haber hecho un buen discernimiento vocacional.
  • Que tenga recta intención en el ministerio de la predicación de la vocación sacerdotal (deseo sincero de servir a la Iglesia)
  • Que se sienta atraído por el ministerio de la predicación de la Palabra.
  • Que tenga el anhelo sincero de la santidad en la entrega a Cristo.

 

No retengas la Palabra ni ocultes tu sabiduría, cuando puedan ser ellas instrumento de salvación; pues la sabiduría se da a conocer en el hablar, y los conocimientos en las palabras de la lengua (Sir. 4, 28-29).

 

 

MINISTERIO DE ACÓLITO.

Subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar (Mc. 3, 13-14).

 

  1. Madurez en el amor y su manifestación en el espíritu de servicio.

 

¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne se alegran  por el Dios vivo (Sal. 83, 1-3).

 

La recepción del ministerio de acolitado ha de ser consecuencia de que el candidato ha de haber aprendido a “vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo”. El seminarista ha de llegar a ser un gran amigo de Dios, un amante del sagrario. “El Señor está presente en el sagrario con su divinidad y humanidad. No está allí por él mismo, sino por nosotros, porque su alegría es estar con los hombres. Y porque sabe que nosotros, tal como somos, necesitamos su cercanía personal. En consecuencia, cualquier persona que tenga pensamientos y sentimientos normales, se sentirá atraída  y pasará tiempo con él siempre que le sea posible y todo el tiempo que le sea posible”.

Un amor al Señor con todo el corazón: “ser fiel a Cristo es amarlo con toda el alma y con todo el corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de todas nuestras acciones”. Es esta unión con Cristo la clave para equilibrar la vida  interior y el apostolado. Es esta unión con el Señor la forma de lograr un mayor trabajo sobre uno mismo y, en consecuencia “la mayor colaboración con Jesucristo”. El servicio que se ha de querer prestar es un servicio a la Iglesia y al mundo.

 

  1. Ser hombre que ama y vive de la Eucaristía y ama a la Iglesia, sobre todo a los más pobres y enfermos.

 

Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación (Sal. 83, 5-6).

 

Se ha de amar intensamente la Eucaristía. “Es necesario que los seminaristas participen diariamente de la celebración eucarística, de forma que luego tomen como regla de su vida sacerdotal la celebración diaria”. Hemos de ser conscientes de que “un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su misa. Misa sin amor, sacerdote estéril; misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas. Devoción eucarística descuidada o desamada, sacerdocio en peligro y que va difuminándose”.

 

Tomemos experiencia de lo que nos dicen los hombres entregados: “después de años de experimentar las alegrías que produce un número tan grande de actividades apostólicas, debemos mirar hacia atrás y reconocer que nuestra fuerza mayor y la más profunda fuente de la alegría de nuestros corazones ha sido la celebración diaria de la misa, desde los primeros días que siguieron a nuestra ordenación sacerdotal. Y estamos convencidos de que la Eucaristía es nuestra más firme contribución a la Iglesia, nuestro mayor servicio sacerdotal al pueblo, el más profundo significado de la extraordinaria vocación que compartimos con nuestros hermanos sacerdotes”.

 

Ser consciente de que con quienes  se participa del mismo Pan, se forma un mismo cuerpo (el cuerpo místico de Cristo). El ministerio de acólito implica una actitud de servicio y amor a todas las personas, pero particularmente a los pobres y a los enfermos a quienes con cierta frecuencia se les ha de distribuir la sagrada comunión. El pueblo de Dios crece y se edifica mediante la Eucaristía. Como hábito adquirido se ha de tener un gran respeto al tratar la Santísima Eucaristía, de tal manera que los fieles alcancen a percibir la fe del ministro en su trato con este sacramento.

 

  1. Conocimiento y vivencia de la liturgia y saber servir con decoro al altar.

 

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda (Sal. 95, 8b-9).

 

El candidato ha de ser capaz de ofrecerse al Señor cada día como sacrificio espiritual; no basta con participar en la liturgia, sino que ha de saber y querer ofrecer cada día su vida a Dios y a los hermanos. El respeto durante las celebraciones eucarísticas, manifestado en su participación activa y piadosa, su puntualidad, su silencio meditativo y contemplativo, hacen ver cuál es el espíritu que le mueve y qué hay en su interioridad.

 

Alabad el nombre del Señor, alabadlo siervos del Señor, que estáis  en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios (Sal. 134, 1-2).

 

Las funciones que le conciernen las ejercerá más dignamente participando con piedad cada día más ardiente en la Sagrada Eucaristía, alimentándose de ella y adquiriendo un más profundo conocimiento de la misma (Ministeria Quaedam , n. VI).

 

Por tanto, para ser admitido en este ministerio se requiere, entre otras cosas ya mencionadas: una firme voluntad de servir fielmente a Dios y al pueblo cristiano, y algunas dotes peculiares:

 

  1. Actitud de respeto y veneración hacia todo lo sagrado.
  2. Actitud cordial de servicio hacia los presbíteros y diáconos.
  3. Vivir más íntimamente unido y más perfectamente identificado con el sacrificio del Señor.
  4. Procurar ir captando el sentido más íntimo y espiritual de estas acciones.
  5. Procurar llevar una vida eucarística:
  • Adoración personal y comunitaria.
  • Vida de sacrificio.
  • Comunión diaria (a ser posible).
  • Fomento de la vida de gracia como forma habitual.
  • Procurar desarrollar una relación evangélica con quienes viva y conviva (la “comunión” en la vida).
  • Amar y servir con fidelidad a la Iglesia.
  • Procurar seguir creciendo en la fe y en el amor para edificación personal y de toda la Iglesia.

 

 

 

 

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