La vocación de los santos

        Oscar Manuel Navarro Ortiz ¿Llamada sencilla? Hemos escuchado grandes hazañas de ellos, sabemos de sus virtudes y conocemos sus obras en nombre de Cristo y de la Iglesia. Sus decisiones los colocaron como ejemplo para nosotros, porque nos mostraron que sí se puede seguir a Jesús; pero, ¿Su llamada a la santidad fue común y corriente como la de todos? Así es, eran tan simples como la vida de tu vecino o tan comunes como el señor que te atiende en la tiendita de la esquina los santos que veneramos hoy. Y desde esa sencillez Dios los llamó. Seguramente te estás preguntando: -Entonces, ¿Qué diferencia tienen conmigo?-, y tienes razón, no la hay. Sabemos de los grandes prodigios que Dios obró por medio de ellos, y no dudamos de la extraordinaria cercanía que tenían con Cristo, pero no nos enseñarían mucho si no hubiesen sido iguales a nosotros, La semana pasada hablábamos sobre la vocación, y aprendimos las diferentes maneras en las que el Señor nos puede llamar. Ahora te señalo una más que tal vez no se te había ocurrido: Dios te llama a ser santo. Parece un camino difícil, pero los grandes personajes que conoces y que de vez en cuando les pides ayuda para que intercedan por ti tienen historias de vocación tan simples que tal vez alguna se parezca un poco a la tuya. Comencemos con San Agustín de Hipona: Bueno para hablar, capaz de convencer con sus palabras a cualquiera que lo escuchaba. Pero tenía un defecto: Estaba totalmente en contra de la Iglesia y buscaba cualquier argumento para acabar con ella. Dios lo llama a pesar de eso y lo hizo de una manera sencilla. Agustín amaba la verdad y el estudio, y en su deseo de descubrir esa verdad fue como encontró a Cristo y lo siguió hasta el final. San Francisco de Asís. Hijo de un influyente comerciante: Al buen Francisco sólo le importaba tener muchas cosas y llegar a ser un caballero del rey para obtener grandes victorias en batalla. Y precisamente así, en una batalla fue tomado como prisionero y de esa manera comenzó a conocer a Cristo, y entendió que cada persona es imagen de Jesús y cambió su vida dejando todo para servir a los pobres.   Santa Teresa de Lisieux. Una joven con una simpleza extraordinaria que nos enseñó que Dios no se fija en la edad para llamar a la santidad. Ingresó al convento a los quince años y nos dejó escrita su vida porque ella creía en que todos podemos llegar a ser santos haciendo extraordinarias las cosas ordinarias de nuestra vida. Tenemos también a Edith Stein, conocida hoy como Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Edith no era Católica; ni siquiera de alguna denominación protestante. Era Judía. Desde muy joven abandonó la religión y decidió optar por el ateísmo. Fascinada por la filosofía pasó su juventud entre libros buscando la verdad; y así siguió hasta que fue cautivada por el ejemplo de algunos amigos que la motivaron a buscar a Dios. Edith relata que uno de sus mejores amigos murió en la Primera Guerra Mundial víctima de un disparo en la cabeza. El dolor que sentía era grande, pero quería ir a dar un poco de consuelo a la esposa de aquel valiente hombre, que por cierto, también era amiga de Edith. Cuando llegó a la casa de su amiga quedó impactada al ver que la viuda, a pesar del dolor estaba firme por la esperanza de la resurrección, inspirada por su fe cristiana. Ese suceso marcó a Edith más que cualquier argumento teórico y fue el inicio de su interés por Cristo. Como ves, todos ellos tenían una vida común y fueron llamados a la santidad en las cosas ordinarias de su vida. Y como ellos hay muchos otros santos que seguramente conoces. Ahora que ya lo sabes, ¿Qué te detiene para ser santo? Es tú decisión. La llamada ya la tienes, es momento de actuar.

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