El fruto de una larga cosecha. Ordenaciones sacerdotales y diaconales

Es tiempo de recoger los frutos

 

A lo largo de 320 años el Seminario de Guadalajara ha dado a la Iglesia diversos pastores, diáconos y sacerdotes que han pastoreado la comunidad diocesana.

Este Pentecostés nos ponemos de mucha alegría ya que este año no es la excepción porque tendremos nuevos sacerdotes y diáconos, surgidos de diversas comunidades, con cada historia de vida y sueños conservados a lo largo de cada tiempo.

Como seminarista, como miembro de esta comunidad, es tiempo de alegría, es tiempo de gozo porque a lo largo de este tiempo hemos compartido diversas experiencias y con ellos, dando un sí generoso al Señor, nos unimos a su entrega vocacional y oramos con ellos para que sigan fieles al llamado que Dios le ha hecho.

 

El orden del diaconado

 

Dada la importancia que tiene el sacramento del orden es indispensable que el candidato a la ordenación diaconal profundice sobre el sacramento mismo, pues “para apacentar al Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados y dirigidos al bien de todo el Cuerpo. Pues los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios, gocen, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, lleguen a la salvación”

Podemos decir que el seminarista, candidato al orden del diaconado, iluminado por la palabra de Dios y el Magisterio debe procurar ejercitar y poseer las siguientes cualidades y virtudes:

 

Espiritual: lleno del Espíritu del Señor, que viva la virtud de la caridad mediante la escucha atenta de la palabra, participar asiduamente en los sacramentos de la reconciliación y Eucaristía, asiduo a la oración mental y litúrgica, devoción y amor a la Santísima Virgen María, vivir en continuo estado de Gracia para poseer una conciencia pura y testigo de la verdad del Señor.

Humano: Buena fama, digno, sin doblez, diligente, veraz, abnegación de sí mismo, servicial, que viva la caridad fraterna, no apegado a los bienes materiales –pobreza-, obediente, casto y servicial.

Pastoral: presto a ser testigo de Cristo ante los hombres, vivir la virtud de la caridad en la vivencia de la castidad por el Reino de los cielos, la cual no es una negación de la sexualidad, sino la aceptación de ésta haciendo una renuncia positiva, dispuestos al servicio y capacidad para trabajar en equipo.

Intelectual: puesto que será constituido ministro de la palabra y de la caridad, deseoso de seguir profundizando en la Palabra de Dios mediante el estudio de la misma y de las ciencias teológicas para poder responder e iluminar a las diferentes interrogantes del tiempo presente.

 

El orden del presbiterado

 

El sacerdote es un consagrado, es decir, una persona que ha sido destinada al servicio de Dios. Se está al servicio de Dios porque es Él quien lo ha escogido: “Y nadie se arroga tal dignidad sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón”. Dios será la heredad del sacerdote: “Yo seré tu heredad”.

 

Quien pretende el presbiterado lo ha de hacer con una actitud de servicio, no con la intención de servirse de él, de sacar algún provecho material.

 

Un esfuerzo especial se ha de hacer en la búsqueda de la santidad, pues el sacerdote es quien ofrece la ofrenda a Dios. El sacerdote es un embajador de Cristo, es su colaborador, es alguien que ha de ofrecer sus sacrificios por la salvación de todos los hombres. Uno de sus principales deberes es la oración por los fieles que se le han encomendado.

 

El presbítero ha de presentarse ante los demás con un cúmulo de virtudes que lo hagan capaz de motivar a los demás a la fiel imitación de Cristo. Es el buen ejemplo que, si se lleva a cabo, evita el escándalo. El sacerdote no sólo es responsable de su conducta, sino de la conducta del pueblo.

 

Pidamos al Espíritu Santo que derrame sus bendiciones sobre estos jóvenes para que sigan adelante en el llamado que Dios les ha hecho desde la eternidad y mantengan la alegría de evangelizar.

 

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *