320 años produciendo fruto

320 años produciendo frutos la encina

Anteriormente el escudo del Seminario era una encina, un árbol destinado para producir frutos, y a lo largo de los años, décadas, siglos, este árbol del occidente mexicano, no ha parado en dar frutos. Un 9 de septiembre de 1696, el Obispo Fray Felipe Galindo y Chávez, funda el Seminario Conciliar de Guadalajara, contando con los primeros ocho alumnos, anteriormente se habían instalado dos seminarios en Guadalajara pero no prosperaron, de esta fecha memorable en adelante, el Seminario se convirtió en el corazón de la Diócesis. Personajes famosos de nuestra historia han pasado por las aulas del seminario, hombres distinguidos en la política, artes, ciencias, en la prosperidad de nuestra región, etc., pero también han salido cardenales, obispos, miles de sacerdotes y sobre todo: santos, santos no sólo los santos mártires que conocemos, sino también sacerdotes que desde el silencio del ministerio han configurado su vida con la de Cristo Buen Pastor a favor de la Iglesia. El Seminario ha tenido varias casas, que hoy forman parte del patrimonio de nuestra sociedad, y cuenta con algunas casas en función en nuestros días, innumerables historias ha tenido esta institución a lo largo del tiempo, se ha contado con grandes alumnos, con hombres de ciencia y virtud, pero también, y los verdaderos frutos del Seminario son aquellos hombres, consagrados al sacerdocio o no, que se distinguieron en el ejercicio de las obras de misericordia, de aquellos hombres que siguiendo a Cristo dieron su vida por Él y por el evangelio, por medio de obras en favor de las personas. Los frutos de santidad y de caridad en favor de los demás son los que ponen en alto al Seminario de Guadalajara. A lo largo de los 320 años de historia de nuestra institución, hemos contado con personas de renombre para la historia, pero también, y lo que ha de contarse con verdadero orgullo en los frutos del Seminario son todas las personas que con su trabajo fiel a Dios y los hombres han dado su vida al servicio en la caridad y construcción de la sociedad. También hemos de reconocer que estos frutos no han salido por si solos, gracias a Dios, que envía trabajadores a su mies, no ha dejado de suscitar en los jóvenes el don de la vocación al servicio por amor. También este árbol del Seminario no se ha descuidado ni secado sus frutos, agradecemos a todos los bienhechores que con su caridad en la oración, en el trabajo, en la colaboración, han permitido que con el tiempo no cese el árbol de encina plantado por Dios en nuestra tierra en un 1696.

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