julio 4, 2018

Beatos y santos

 

María Vicenta de Santa
Dorotea Chávez Orozco, Beata

Religiosa

Dorotea Chávez Orozco nació el 6 de febrero de 1867 en Cotija, Michoacán, lugar tranquilo rodeado de montañas, lomas y valles dorados, como es común encontrar en este Estado de la República Mexicana.

Dorotea fue la menor de seis hermanos; sus padres, Luis Chávez y María de Jesús Orozco. Su madre estaba emparentada con el Siervo de Dios Francisco Orozco y Jiménez, quien fue Obispo de Chiapas (1902-1912) y Arzobispo de Guadalajara (1913-1936).

Dorotea fue bautizada e hizo la primera comunión en la parroquia de su pueblo natal. Su infancia fue como la de muchas niñas pertenecientes a familias modestas, sencillas, pero sumamente responsables para educarlas en la fe, infundiendo en sus almas un gran amor a Dios y una profunda devoción a la Santísima Virgen María.

De pequeña, Dorotea cuidó con esmero de un pequeño rebaño de ovejas, único patrimonio de la familia Chávez Orozco. Esta tarea cotidiana le dio la oportunidad de estar en contacto con la naturaleza, donde respiraba y sentía a Dios, brotando de su sencillo y limpio corazón, continua alabanza a Dios Trino.

Aprovechaba hasta el máximo el silencio, la quietud y la paz del campo, circunstancia que le brindó la Providencia Divina y que la fue preparando para la gran misión que le tenía preparada.

Nunca asistió a la escuela porque la tenía en su propia casa con su hermano Eligio, que era maestro y dedicaba cariñosamente el tiempo que requería su hermanita para aprender desde las primeras letras.

En este sencillo estilo de vida, transcurría la existencia de esta niña; cuando tenía entre los 8 y 10 años de edad, la familia se trasladó para radicar en Cocula y después en Guadalajara, Jalisco, donde vivió en el barrio de Mexicaltzingo.

Su vida sencilla y ordinaria se vio interrumpida por un acontecimiento que la cambiaría para siempre: la enfermedad. El 20 de febrero de 1892, a los 25 años de edad, a fin de que a tendiera su quebrantada salud, el Padre Eusebio González, su Director Espiritual, le pidió que se internara en el Hospital de la Santísima Trinidad de Guadalajara. Esta experiencia de dolor la fue preparando para escuchar el llamado de su vocación. Ella misma contó: “Por señalado favor de Dios, el mismo día que ingresé al hospital, concebí la idea y tomé la resolución de consagrarme al servicio de Dios Nuestro Señor y Salvador en la persona de los pobrecitos enfermos”.

Esta institución había sido fundada dos años antes. Ahí descubrió su vocación: ayudar a los demás, y lo hizo a través de su enfermedad. Al recobrar su salud dedicó su vida al cuidado de los enfermos. Siempre les decía: “Sigan con ánimo generoso la senda de la cruz, recíbanlo todo como venido de la Divina Voluntad”.

A los pocos meses, el 19 de julio, decidió quedarse para siempre en el hospital; el 25 de diciembre de 1897 hizo votos privados en el templo de Jesús María, en compañía de Catalina Velasco y Juana Martín del Campo. Sin embargo, en 1898 todas las enfermeras decidieron abandonarla a ella y a los otros enfermos.

Esto no fue ocasión de desaliento, sino que ésta, como otras circunstancias, la empujaron a fundar varios hospitales en Jalisco y en Guadalajara y el Asilo de Ancianos de la Santísima Trinidad, donde en 1905, al lado del Padre Miguel Cano Gutiérrez, creó la congregación religiosa de las “Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres”.

La Congregación nació en un humilde barrio de la Ciudad de Guadalajara, en Mexicaltzingo, antiguo pueblo de los indios mexicas. La aprobación diocesana tuvo lugar el 12 de mayo de 1905 por el Sr. Arzobispo José de Jesús Ortiz, y la confirmación de Roma el 18 de agosto de 1911.

El 10 de febrero de 1908, Dorotea tomó los hábitos de la Congregación de manos del Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz y el 20 de febrero de 1910 se estableció el noviciado, siendo ella la primera maestra de novicias; el 15 de agosto pronunció sus primeros votos simples y cambió su nombre por el de María Vicenta de Santa Dorotea.

El 6 de octubre de 1910 fundó y se convirtió en la primera Superiora del Hospital San Vicente en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, primera casa filial del Instituto. Estalló la Revolución Mexicana y a pesar de la turbulencia social, el 3 de diciembre de 1912 realizó sus primeros votos canónicos. Un año después, tropas revolucionarias ocuparon Guadalajara y la Congregación vivió en zozobra. El 3 de diciembre de 1915 pronunció sus votos perpetuos. Con los años, haría otras fundaciones: en Puebla, el Sanatorio Del Río; en Torreón, Coahuila, la Clínica Metalúrgica y en Culiacán, Sinaloa, el Asilo del Carmen.

La Madre Vicenta también sufrió de la persecución religiosa que estalló en México en 1926. El 30 de julio se vio obligada a cerrar la capilla de la Casa Generalicia de la Congregación, cuando el Clero Mexicano ordenó la suspensión de los cultos; no obstante, el Hospital de San Vicente, en Zapotlán el Grande, fue ocupado por los militares heridos, quienes fueron atendidos por las religiosas, sin importar que en esas circunstancias ellos eran enemigos de la iglesia.

La Madre Vicenta se distinguió por su amor a la Eucaristía y su alegre entrega a los enfermos. De tal forma vivió esta entrega que, al dejar este mundo, murió en el momento mismo de la elevación de la Hostia en la Santa Misa que se estaba celebrando frente a su lecho, asistida por el Excmo. Sr. Cardenal José Garibi Rivera.

La Madre María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco murió en olor de santidad, víctima de un síncope cardíaco, el 30 de julio de 1949, en Guadalajara, Jalisco. Sus restos reposan en la cripta del Oratorio del Espíritu Santo, sede central del Instituto de las Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres, en Guadalajara. 17 años después de su muerte se abrió el Proceso Ordinario, la Iglesia reconoció que vivió las virtudes en grado heroico y la Causa de Beatificación se introdujo con decreto el 13 de abril de 1978.

Para beatificarla, el 10 de enero de 1997 se comprobó científicamente uno de sus milagros al sanar a un paciente en forma rápida y total; se trata de un milagro de Dios por intercesión de la Madre Vicenta a un niño. Monseñor Oscar Sánchez Barba, Postulador por el Episcopado Mexicano ante la congregación para la Causa de los Santos en el Vaticano, confirmó que: “la madre del niño invocó a la Madre Vicenta y milagrosamente le salvaron la pierna, a pesar de que estaba infectada de gangrena”.

La exhumación de sus restos, para tomar algunas reliquias, ocurrió el 26 de febrero de 1997 y la ceremonia fue encabezada por el Cardenal Juan Sandoval Iñiguez, Arzobispo de Guadalajara.

El Papa Juan Pablo II la beatificó el 9 de noviembre de 1997. La emotiva ceremonia tuvo lugar en la plaza de San Pedro ante miles de peregrinos procedentes de todo el mundo, bajo un cielo gris y una temperatura agradable.

Gabriel Escoto Ruiz, Beato

Religioso y Mártir

Nació el 10 de agosto de 1878 en el rancho Agua Caliente en Atotonilco el Alto, dos días después fue bautizado y recibió la confirmación el 8 de febrero de 1882.

Era el séptimo de 12 hijos que tuvieron Anastasio y María, cuando murió su padre en 1900 se mudó a la Ciudad de México mientras en 1926 se casó con Rosa Orozco.

Tras ocho años de matrimonio ambos decidieron iniciar la vida religiosa y por ello viajaron a Roma para estudiar la posibilidad de obtener un indulto apostólico, el cual les fue otorgado en marzo de 1935.

Se mudaron a España donde Gabriel ingresó a la Orden de los Carmelitas Descalzos bajo el nombre de José María, ella hizo lo propio con las religiosas Salesas de Barcelona.

El 14 de octubre de 1935 él vistió por primera vez el hábito de novicio y esperaba profesar sus votos un año después, pero la persecución religiosa se lo impidió, tuvo que abandonar el convento, fue apresado y fusilado el 29 de julio de 1936 a la edad de 57 años en la población Cervera junto con otros 12 religiosos. Después de ser fusilados los cadáveres fueron rociados con gasolina, quemados y finalmente esparcidos por los campos de cultivo. al formarse la nueva comunidad Carmelita en Tarrega, los hermanos indagaron sobre el lugar del martirio, el Lugar llamado “Clot dels Aubins” y recogieron los restos.

Fue beatificado el 28 de Octubre de 2007 por Benedicto XVI

Jorge Ramón Vargas González, Beato

Laico y Mártir

Nació en Ahualulco, Jalisco, el 28 de septiembre de 1899. Fue el quinto de once hermanos. Recibió el bautismo el 17 de octubre de ese año, se le impuso el nombre de Jorge Ramón, aunque durante su vida utilizó sólo el primer nombre. Siendo niño, su familia se trasladó a Guadalajara. Como muchos jóvenes católicos en México, Jorge participó de los anhelos y de las inquietudes de quienes sufrían el flagelo de la persecución religiosa; ejemplos en su familia no faltaban, en especial el de su íntegra y piadosa madre.

Durante la persecución religiosa, en 1926, siendo Jorge empleado de la Compañía hidroeléctrica, su hogar sirvió de refugio a muchos sacerdotes perseguidos, entre otros, el padre Lino Aguirre, quien sería luego obispo de Culiacán, Sinaloa, de quien Jorge fue custodio y compañero de correrías. A finales de marzo de 1927, los Vargas González recibieron en su hogar al proscrito líder Anacleto González Flores, columna de la resistencia católica de Jalisco y sus alrededores; la familia conocía de sobra lo que podía costar su acción.

En ese lugar los sorprendió la celada del 1 de abril. Todos: hombres, mujeres y niños, entre vejaciones y sobresaltos, fueron aprehendidos por el jefe de la policía de Guadalajara. Un mismo calabozo sirvió para alojar a tres de los Vargas González:  Florentino, Jorge y Ramón; su crimen, haber alojado a un católico perseguido.

Horas después encerraron en una celda contigua a Luis Padilla Gómez y a Anacleto González Flores. Se lamentó luego de no poder recibir la Comunión, siendo ese día viernes primero, pero su hermano Ramón le reconvino: “No temas, si morimos, nuestra sangre lavará nuestras culpas”. La entereza de ánimo de los hermanos se mantuvo, charlando con desenfado antes de ser ejecutados. Por una orden de último momento, uno de los tres hermanos, Florentino, fue separado del resto.

Antecedió a la muerte de Jorge algún tipo de tormento, pues su cadáver presentó un hombro dislocado, contusiones y huellas de dolor en el semblante; lo cierto es que, llegada la hora, con un crucifijo en la mano, y ésta junto al pecho, recibió la descarga del batallón, que ejecutó la sentencia. El padre, al enterarse cómo y por qué murieron, exclamó:  “Ahora sé que no es el pésame lo que deben darme, sino felicitarme porque tengo la dicha de tener dos hijos mártires”.
Beatificado el 20 de noviembre del 2005

José Luciano Ezequiel Huerta Gutiérrez, Beato

Adorador Nocturno

Nació en Magdalena, Jalisco, el 6 de enero de 1876. Esposo y padre ejemplar de numerosa familia, fue poseedor de una magnífica y bien cultivada voz de tenor dramático, gracias a la cual asistía a los oficios litúrgicos con bastante lucimiento y decoro. Muy devoto de la sagrada Eucaristía, comulgaba con frecuencia. Muy caritativo, compartía sus bienes entre los necesitados.

Fue aprehendido la mañana del 2 de abril de 1927; tenía dos hermanos presbíteros, Eduardo y José Refugio, los cuales eran muy respetados en Guadalajara. Cuando fue hecho prisionero, acababa de visitar la capilla ardiente donde era velado el cadáver del líder católico Anacleto González Flores. En los calabozos de la Inspección de policía, lo torturaron hasta hacerlo perder el conocimiento. Cuando volvió en sí, expresó sus lamentos cantando el himno eucarístico: “Que viva mi Cristo, que viva mi Rey”.

La madrugada del día siguiente, 3 de abril, fue trasladado, junto con su hermano, al cementerio municipal; se formó el cuadro para la ejecución; había llegado la hora. Ezequiel dijo a su hermano Salvador: “Los perdonamos, ¿verdad?”. “Sí, y que nuestra sangre sirva para la salvación de muchos”, repuso el interpelado; una descarga de fusilería cortó el diálogo. Muy cerca de ese lugar, la esposa de Ezequiel escuchó los disparos; ignoraba quiénes eran las víctimas; con todo, reunió a su numerosa familia: “Hijitos, vamos rezando el rosario, por esos pobres que acaban de fusilar”.

José Salvador Huerta Gutiérrez, Beato

Adorador Nocturno y Mártir

Nació en Magdalena, Jalisco, el 18 de marzo de 1880. Mecánico por vocación, se dedicó a este oficio, llegando a ser uno de los más competentes de Guadalajara. Devoto de Jesús Sacramentado, participaba todos los días de la Eucaristía y adoraba con frecuencia al Santísimo en el sagrario. Su conducta como hijo, esposo y padre fue siempre ejemplar. Poseía una particular intuición ante el peligro, al que se enfrentaba con singular fortaleza.

Al comenzar el año de 1927 la situación religiosa se tornó imposible para los católicos. Se perseguía sin tregua a los clérigos por considerárseles instigadores de la resistencia armada. El 2 de abril de 1927, consumado el asesinato de Anacleto González y sus tres compañeros, acudió al cementerio a despedir los restos del conocido líder.

De regreso a su taller, lo esperaban agentes de la policía, quienes, valiéndose de un ardid, lo arrestaron. En la Inspección general comenzó un crudísimo tormento; lo colgaron de los dedos pulgares; querían los verdugos conocer el paradero de los presbíteros Eduardo y José Refugio. Exánime lo tiraron en un calabozo.

En las primeras horas del 3 de abril, lo condujeron, junto con su hermano Ezequiel, al panteón de Mezquitán. Ante el pelotón de fusilamiento, pidió una vela encendida, iluminando su pecho descubierto dijo: “¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!; disparen; muero por Dios, que lo amo mucho”.

Leonardo Antonio Pérez Larios, Beato

Laico y Mártir

Nació el 28 de noviembre de 1891, en Lagos de Moreno, Jalisco, de la Arquidiócesis de Guadalajara, actualmente de la Diócesis de San Juan de los Lagos. Vivió fuera de la casa familiar, cultivó la religión Católica y se distinguió por su gran devoción a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen María.

Fue aprehendido el Domingo de la Octava de Pascua mientras hacía Hora de Oración al Santísimo Sacramento, estando presente el P. Andrés Solá Molist, en la casa que le servía de refugio. Los soldados pensaron que era Sacerdote, tanto por su manera de vestir como por la devoción con que oraba ante el Santísimo Sacramento. No opuso resistencia alguna y, al ser llevado a la prisión, era injuriado por el jefe militar.

Fueron inútiles las aclaraciones realizadas por el P. Solá, y las personas que estaban en ese momento en la casa, con relación al estado de vida de Leonardo. Cuando le preguntaron sobre su condición sacerdotal él la negó, pero afirmó ser católico, apostólico y romano. Fue conducido al cuartel y de ahí con sus dos compañeros al martirio.

Luis Magaña Servin, Beato

Adorador Nocturno y Mártir

Nació en Arandas, Jalisco, el 24 de agosto de 1902. Fue un cristiano íntegro, esposo responsable y solícito; mantuvo sus convicciones cristianas sin negarlas, aun en tiempos de prueba y persecución.

Fue miembro activo de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y de la archicofradía de la Adoración nocturna del Santísimo Sacramento, en la parroquia de Arandas.

Contrajo matrimonio con Elvira Camarena Méndez el día 6 de enero de 1926; tuvo dos hijos, Gilberto y María Luisa, que no conoció. El día 9 de febrero de 1928, un grupo de soldados del Ejército Federal, capitaneado por el general Miguel Zenón Martínez tomó la población de Arandas.

De inmediato dispuso fueran capturados los católicos que simpatizaran con la resistencia activa en contra del Gobierno; uno de ellos fue Luis. Cuando llegaron a su domicilio, no pudieron aprehenderlo porque se ocultó debidamente; fue reemplazado por su hermano menor.

Al enterarse del acto, Luis se presentó ante el mismo general Martínez, solicitando la libertad de su hermano a cambio de la suya. Estas fueron sus palabras: “Yo nunca he sido rebelde cristero como ustedes me titulan, pero sí de cristiano se me acusa, sí, lo soy, y si por eso debo ser ejecutado, bienvenido y en hora buena. ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”. Sin mayores preámbulos, el militar decretó la muerte de Luis; momentos antes de ejecutarse la sentencia, en el atrio de la iglesia parroquial, Luis pidió la palabra: “Pelotón que me ha de ejecutar:  quiero decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios será por los primeros que pediré”; dicho lo cual, exclamó con voz potente: “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”. Eran las tres de la tarde del 9 de febrero de 1928.

Miguel Gómez Loza, Beato

Laico y Mártir

Nació en Tepatitlán, Jalisco, el 11 de agosto de 1888. Hijo de campesinos, desde su niñez hasta su juventud cuidó de su madre, viuda, en la modesta aldea de Paredones; sin embargo, nunca abandonó el deseo de superarse en ciencia y en virtud. Desde su juventud fue promotor incansable de la Doctrina Social de la Iglesia. Junto con su entrañable amigo Anacleto González, en las filas de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de Guadalajara, encontró escuela y cátedra para su formación religiosa y moral y para sus ansias apostólicas.

Sorteando mil dificultades, ingresó a la Escuela Libre de Derecho, perseverando en sus estudios hasta concluir la carrera de derecho. Hombre intrépido, de convicciones, nada le arredraba en sus propósitos cuando estos eran justos, lícitos y debidos. Por defender los derechos de los necesitados, cincuenta y nueve veces fue encarcelado y muchas veces golpeado.

En 1922 contrajo matrimonio con María Guadalupe Sánchez Barragán. De su matrimonio le nacieron tres hijas. En 1927, durante la persecución religiosa contra la Iglesia, Miguel se unió a la Liga defensora de la libertad religiosa, empleando todos los medios pacíficos permitidos para resistir los ataques del Estado a la libertad de credo. Para defender la libertad y la justicia, aceptó el nombramiento de gobernador de Jalisco, conferido por los católicos de la resistencia. Perseguido por las fuerzas federales, fue acribillado por el ejército federal, cerca de Atotonilco el Alto, Jalisco, el 21 de marzo del año 1928.

Ramón Vicente Vargas González, Beato

Laico y Mártir

Nació en Ahualulco, Jalisco, el 22 de enero de 1905. Fue el séptimo de once hermanos; tres notas lo distinguieron de ellos:  el color rojo de su pelo, que le ganó el sobrenombre de Colorado, su elevada estatura y su jovialidad.

Siguió los pasos de su padre al ingresar a la Escuela de Medicina, donde destacó por su buen humor, su camaradería y su clara identidad católica.

En cuanto pudo hacerlo, atendió gratuitamente la salud de los pobres. A los 22 años, próximo a concluir sus estudios universitarios, recibió en su hogar, con responsabilidad subsidiaria, a Anacleto González Flores, quien no tardó en advertir las cualidades de Ramón, pidiéndole sumarse a los campamentos de la resistencia activa como enfermero: “Por usted hago lo que sea, Maistro, pero irme al monte, no”, contestó el interpelado.

La madrugada del 1 de abril de 1927 alguien azotó la puerta de los Vargas González; Ramón atendió el llamado; al entreabrir la puerta, un nutrido grupo de policías se apoderaron de la casa. Se cateó la vivienda y se aprehendió a sus ocupantes. Ramón mantuvo la calma pese a su indignación; en la calle, aprovechando el tumulto, pudo escapar sin que lo advirtieran sus captores, pero no tardó en volver sobre sus pasos y entregarse.

Cuando supo que iba a morir, su hombría de bien y su esperanza cristiana le bastaron para unir su sacrificio al de Cristo. Ante una exclamación de su hermano Jorge, respondió: “No temas, si morimos nuestra sangre lavará nuestras culpas”. Para atenuar la cruel sentencia, el general de división Jesús María Ferreira, ofreció dejar en libertad al menor de los hermanos Vargas González; el indulto correspondía a Ramón, pero éste, sin admitir reclamos, cedió su lugar a Florentino. Era más del mediodía, urgía matar a los reos cuanto antes. Antes de ser fusilado, Ramón flexionó los dedos de su mano diestra formando la señal de la cruz.

Beatos Mártires de Cajonos, Oaxaca

Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles

Laicos y Mártires

Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, indígenas zapotecos de la Sierra Norte de Oaxaca, nacieron en el año de 1660 en S.Francisco Cajonos.

Juan Bautista se casó con Josefa de la Cruz, con quien tuvo una hija llamada Rosa. Jacinto de los Ángeles se casó con Petrona de los Ángeles, con quien tuvo dos hijos llamados Juan y Nicolasa. Los dos pertenecían a la Vicaría de S. Francisco Cajonos, atendida por los padres dominicos Gaspar de los Reyes y Alonso de Vargas.

De los dos sabemos que fueron personas íntegras en su vida personal, matrimonial y familiar, así como en el cumplimiento de sus deberes ciudadanos, de modo que desempeñaron los diversos cargos civiles acostumbrados en su pueblo y en su tiempo como topil, juez de tequio, mayor de vara, regidores, presidente, síndico y alcalde, mostrando así el aprecio por las tradiciones culturales y la responsabilidad para el cumplimiento de los deberes ciudadanos.

Igualmente, consta que los dos fueron personas bautizadas, evangelizadas y catequizadas, desempeñando también los diversos cargos a los que tenían acceso los fieles en ese tiempo, como acólito, sacristán menor y mayor y topilillo.

Finalmente desempeñaron el cargo civil y eclesiástico de Fiscal, que los misioneros introdujeron o fomentaron entre los indígenas: “Quiere el III Concilio Provincial Mexicano celebrado en 1585 «que en cada pueblo se elija a un anciano distinguido por sus irreprochables costumbres, quien al lado de los párrocos sea perpetuo censor de las costumbres públicas» (P. Antonio Gay, Historia de Oaxaca, II.V.2) «Es su oficio principal inquirir los delitos y vicios que perturban la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc.» (Ibídem; Cfr. III Concilio Mexicano L I, Tít. IX, 1,23).”

En la noche del 14 de septiembre de 1700, los dos Fiscales descubrieron que un grupo numeroso de personas del pueblo de S.Francisco Cajonos y de los pueblos vecinos estaban realizando en una casa particular un culto de religiosidad ancestral; los Fiscales avisaron a los padres dominicos; los Fiscales y los Padres acompañados del capitán Antonio Rodríguez Pinelo fueron al lugar de los hechos, sorprendieron a los autores, dispersaron la reunión, recogieron las ofrendas del culto y regresaron al convento.

Al día siguiente, el pueblo se amotinó, exigiendo la entrega de las ofrendas confiscadas y de los Fiscales. Refugiándose en el convento los Padres, los Fiscales y la Autoridad, se pasaron la tarde entre exigencias y negociaciones. Finalmente, ante las amenazas y el peligro crecientes de matar a todos e incendiar el convento, el capitán Pinelo decidió entregar a los Fiscales, bajo promesa de que se respetarían sus vidas.

Los Padres no aceptaron la entrega, pero los Fiscales depusieron sus armas aceptando la perspectiva de morir; se confesaron y recibieron la Comunión. Juan Bautista: decía: «vamos a morir por la ley de Dios; como yo tengo a su Divina Majestad, no temo nada ni he de necesitar armas» y, al verse en manos de sus verdugos, dijo: «aquí estoy, si me han de matar mañana, mátenme ahora». Cuando eran azotados en la picota de la plaza pública, dijeron a los Padres que observaban desde la ventana: «Padres encomiéndenos a Dios» y cuando los verdugos se burlaban de ellos diciéndoles: «¿te supo bien el chocolate que te dieron los Padres?», ellos respondían con el silencio.

El día 16 los verdugos condujeron a los Fiscales a San Pedro, donde de nuevo los azotaron y los encarcelaron. Cuando los verdugos invitaban a los Fiscales a renunciar a la fe católica a cambio del perdón, ellos respondían: «una vez que hemos profesado el Bautismo, seguiremos siempre la verdadera religión». Luego les llevaron bajando y subiendo por laderas, hasta el monte Xagacía, antiguamente llamado «De las hojas», donde, amarrados, los despeñaron, casi los degollaron y los mataron a machetazos, les arrancaron los corazones y los echaron a los perros -que no se los comieron-. Los verdugos Nicolás Aquino y Francisco López bebieron sangre de los mártires, para recuperar ánimo y fortalecerse según costumbre de beber sangre de animales de caza, pero también como señal de odio y coraje, según un dicho ancestral que aún se escucha «me voy a tomar tu sangre». Y los sepultaron en el mismo monte, desde entonces llamado «Monte Fiscal Santos».

Algunos opinan que los Fiscales no son Mártires sino delatores de sus paisanos y traidores de su cultura; pero es claro que los Fiscales estaban designados civil y religiosamente para el ejercicio de un cargo público en el pueblo y en la comunidad religiosa. Más aún, desde el principio, en el proceso civil que se llevó a cabo entre 1700-1703 y en el proceso eclesiástico hasta el día de hoy, viene la fama de martirio y de santidad, que finalmente la Iglesia reconoce con la Beatificación.

El jueves 1 de agosto de 2002 fueron beatificados por Su Santidad, el papa Juan Pablo en la Ciudad de México.

Santos Niños Mártires Tlaxcaltecas

Cristóbal, Antonio y Juan

Laicos indígenas y Mártires

En el Estado de Tlaxcala, en México, existen tres niños ejemplares que a partir de una fe total y muy firme nos muestran que defender la causa de Dios es tenerle amor; como decía San Agustín: “No es el sufrimiento, sino la causa, lo que hace auténticos mártires; el mártir no defiende su vida sino su causa que es su convicción religiosa, su fidelidad a Dios y a sus hermanos y ésta se defiende muriendo”.

El primero niño nació en Atlihuetzía, Tlaxcala, aproximadamente en 1515, de nombre Cristóbal, hijo de Acxotécatl cacique principal, esto es, que después de los cuatro señores en jerarquía seguía él. Acxotécatl tenía cuatro hijos, de los cuales Cristóbal era el mayor y el predilecto. Cristóbal aprendía mucho de la doctrina cristiana al escuchar a los frailes así que pidió el Bautismo, que le fue administrado días después. Al igual que los frailes, predicaba constantemente a su padre y a sus vasallos; sin embargo, su padre no lo tomaba en cuenta, por lo que Cristóbal comenzó a tirar y romper los ídolos de aquél, así como el pulque con que se emborrachaba. Sus vasallos, al ver esto, le dijeron a Acxotécatl quien, enojado, decidió quitarle la vida: Lo tomó de los cabellos, lo tiro al suelo y comenzó a golpearlo cruelmente, con un palo grueso de encina, lo golpeó por todo el cuerpo hasta fracturarle los brazos, piernas y las manos con que se defendía la cabeza, tanto, que casi de todo el cuerpo corría sangre, mientras Cristóbal invocaba a Dios diciendo: “Dios mío, tened misericordia de mí y si tú quieres que yo muera, moriré y si tú quieres que viva, libradme de mi cruel padre”. Viendo que el niño seguía vivo lo mando a arrojar a una hoguera y lo apuñaló. El niño le dijo a su padre: “No pienses que estoy enojado, porque yo estoy muy alegre y sábete que me has hecho más honra de la que vale tu señorío”.

Dos años después del martirio de Cristóbal, llegó a Tlaxcala un fraile llamado Fray Bernardino Minaya, con otro compañero, quienes iban encaminados a la provincia de Huaxyacac y le pidieron a Fray Martín de Valencia que les diese algún muchacho para que les ayudase en la misión evangelizadora. A esta petición le ofrecieron inmediatamente a Antonio y a su criado, Juan, (ambos niños, provenientes de Tizatlán, Tlaxcala). Al llegar a Tepeyacac, Fray Bernardino Minaya envió a los niños a que buscasen por todas las casas de los indios los ídolos y se los trajeran. Ellos conocían perfectamente el lugar y, por ser niños, podían realizar tal empeño sin que peligrasen sus vidas. Para realizar la encomienda se alejaron un poco más de lo determinado para buscar si había más ídolos en otros pueblos.

Fue así que en Cuahutinchán, Puebla, entraron en una casa y cuando estaban destrozando los ídolos, llegaron dos indios con unos leños de encina quienes, sin decir palabra, descargaron su furia sobre el muchacho Juan. Antonio, al ver la crueldad con que aquéllos ejecutaban a su criado, no huyó, sino que soltó unos ídolos que tenía para poder ayudar a Juan, pero ya los dos indios lo tenían muerto y luego hicieron lo mismo con él.

Revivir este relato de nuestros queridos Niños Mártires es adentrarnos en una muerte violenta pero que implica un sí, una aceptación y sobre todo que va cargada de sentido: dar testimonio de una verdad, la de un Dios único y verdadero. El martirio de estos niños fue posible porque ellos prefirieron sacrificar su vida y optaron por defender sus convicciones.

Rafael Guízar y Valencia, Santo

Obispo

Rafael Guízar Valencia nació en Cotija, estado de Michoacán y diócesis de Zamora, México, el 26 de abril de 1878. Sus padres, Prudencio y Natividad, fervientes cristianos, dieron a sus 11 hijos una esmerada educación religiosa.

 Huérfano de madre a los nueve años, Rafael hizo sus primeros estudios en la escuela parroquial y en un colegio regentado por los padres jesuitas. Maduró durante esos años su vocación al sacerdocio y decidió seguir la llamada de Dios. En 1891 ingresó en el seminario menor de Cotija y en 1896 pasó al seminario mayor de Zamora. El primero de junio de 1901, a la edad de 23 años, fue ordenado sacerdote.

En los primeros años de ministerio sacerdotal, se dedicó con gran celo a dar misiones en la ciudad de Zamora y por diferentes regiones de México. Nombrado en 1905 misionero apostólico y director espiritual del seminario de Zamora, trabajó incansablemente para formar a los alumnos en el amor de la Eucaristía y la devoción tierna y filial a la Virgen.

En 1911, para contrarrestar la campaña persecutoria contra la Iglesia, fundó en la ciudad de México un periódico religioso, que fue pronto cerrado por los revolucionarios. Perseguido a muerte, vivió durante varios años sin domicilio fijo, pasando toda especie de privaciones y peligros. Para poder ejercer su ministerio, se disfrazaba de vendedor de baratijas, de músico, de médico homeópata. Podía así acercarse a los enfermos, consolarlos, administrarles los sacramentos y asistir a los moribundos.

Acosado por los enemigos, no pudiendo permanecer más tiempo en México por el inminente peligro de ser capturado, pasó a finales del 1915 al sur de los Estado Unidos y al año siguiente a Guatemala donde dio un gran número de misiones. Su fama de misionero llegó a Cuba, donde fue invitado para predicar misiones populares. Su apostolado en esa isla fue fecundo, y ejemplar fue también su caridad con las víctimas de una peste que diezmó en 1919 a los cubanos.

El primero de agosto de 1919, mientras realizaba en Cuba su apostolado misionero, fue preconizado obispo de Veracruz. Consagrado en la catedral de La Habana el 30 de noviembre de 1919, tomó posesión de su diócesis el 9 del año siguiente. Los dos primeros años los dedicó a visitar personalmente el vasto territorio de la diócesis, convirtiendo sus visitas en verdaderas misiones y en obra de asistencia a los damnificados de un terrible terremoto que había provocado destrucción y muerte entre la pobre gente de Veracruz: predicaba en las parroquias, enseñaba la doctrina, legitimaba uniones, pasaba horas en el confesionario, ayudaba a los que habían sido víctimas del terremoto.

Una de sus principales preocupaciones era la formación de los sacerdotes. En 1921 logró rescatar y renovar el viejo seminario de Jalapa, que había sido confiscado en 1914, pero el gobierno le incautó otra vez el edificio apenas renovado. El obispo trasladó entonces la institución a la ciudad de México, donde funcionó clandestinamente durante 15 años. Fue el único seminario que estuvo abierto durante esos años de persecución, llegando a tener 300 seminaristas.

De los dieciocho años que regentó la diócesis, nueve los pasó en el exilio o huyendo porque lo buscaban para matarlo. Dio sin embargo muestras de gran valor llegando a presentarse personalmente a uno de sus perseguidores y a ofrecerse como víctima personal a cambio de la libertad de culto.

En diciembre de 1937, mientras predicaba una misión en Córdoba, sufrió un ataque cardíaco que lo postró para siempre en cama. Desde el lecho del dolor dirigía la diócesis y especialmente su seminario, mientras preparaba su alma al encuentro con el Señor, celebrando todos los días la santa misa. Murió el 6 de junio de 1938 en la ciudad de México. Al día siguiente fueron trasladados sus restos mortales a Jalapa. El cortejo fúnebre fue un verdadero triunfo: Todos querían ver por última vez al «Santo Obispo Guízar».

Fue beatificado por S. S. Juan Pablo II el 29 de enero de 1995 en la Basílica de San Pedro.

El domingo 15 de octubre del 2006 en la Ciudad del Vaticano fue canonizado por el papa Benedicto XVI el beato Rafael Guízar y Valencia, quien ha sido el primer obispo mexicano en ser declarado santo.