:: LA IMORTANCIA DE LA ORACIÓN ::

 

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Introducción


La grandeza y la humildad de la Oración
Con una inmensa alegría y como una esperada bendición, hemos recibido la feliz noticia de un año jubilar sacerdotal, con motivo del ingreso al cielo, hace 150 años, de san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars.

Por este motivo, queremos recordar la doctrina y encender el fuego de la oración

La oración en la vida del sacerdote
Es tanto lo que se ha escrito sobre la oración, desde el Evangelio hasta nuestros días, que cualquier intento de seguir haciéndolo parece ocioso. Parece, pero no lo es. Hablar de oración nunca es ocioso, menos aún tratándose de sacerdotes. Es importante todavía más al inicio del tercer milenio cuando el Papa Juan Pablo II ha escrito que “para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración” (Novo Millenio Ineunte, n. 32).

El ritmo de vida actual, tan acelerado y a la vez tan superficial, que lanza al sacerdote a la acción como si de ella dependiera el fruto de su ministerio, requiere de los presbíteros la práctica de la oración. Esta idea la recoge el directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros en su número 40 (en adelante, Directorio):

“A causa de las numerosas obligaciones, muchas veces procedentes de la actividad pastoral, hoy más que nunca la vida de los presbíteros está expuesta a una serie de solicitudes, que lo podrían llevar a un creciente activismo exterior, sometiéndolo a un ritmo a veces frenético y desolador. Contra tal tentación no se debe olvidar que la primera intención de Jesús fue convocar en torno a sí a los Apóstoles, sobre todo para que estuviesen con él (Mc 3, 14)” (Directorio, 40).

1. “Estar con Cristo” mediante la oración.

Esto es precisamente la oración: estar con Jesús, quien no se cansa de buscarnos, de llamarnos y que desea estar con nosotros.

Nos hacía ver Juan Pablo II en su Carta a los sacerdotes del Jueves Santo de 1987, cómo la vida de Jesucristo manifiesta “hasta qué punto nuestro sacerdocio debe estar profundamente vinculado a la oración, radicado en la oración”. En este arte de la oración contamos principalmente con el ejemplo de Cristo, que podemos encontrar en el Evangelio:

“Su vida pública, que se inaugura con el Bautismo, comienza con la oración (cf. Lc 3, 21).

Incluso en los períodos de más intensa predicación a las muchedumbres, Cristo se concede largos ratos de oración (Mc 1, 35; Lc 5, 16). Antes de elegir a los Doce, pasa la noche en oración (Lc 6, 12). Ora antes de exigir a sus Apóstoles una profesión de fe (Lc 9, 18); ora después del milagro de los panes, él solo, en el monte (Mt 14,  23; Mc 6, 46); ora antes de enseñar a sus discípulos a orar (Lc 11, 1); ora antes de la excepcional revelación de la Transfiguración, después de haber subido a la montaña precisamente a orar (Lc 9, 28); ora antes de realizar cualquier milagro (Jn 11, 41-42); ora en la Ultima Cena para confiar al Padre su futuro y el de su Iglesia (Jn 17) (…) En Getsemaní eleva al Padre la oración doliente de su alma afligida y casi horrorizada (Mc 14, 35-39 y paralelos), y en la Cruz le dirige las últimas invocaciones, llenas de angustia (Mt 27, 46), pero también de abandono confiado (Lc 23, 46).

Se puede decir que toda la misión de Cristo está animada por la oración, desde el inicio de su ministerio mesiánico hasta el acto sacerdotal supremo del sacrificio en la Cruz, que se realizó en la oración” (Juan Pablo II, en Catequesis sobre el presbiterado y los presbíteros, pp. 47-48).

Por eso el presbítero debe ser, como el mismo Cristo, hombre de oración. En esta definición sintética se encierra toda la vida espiritual, que da una verdadera identidad cristiana, lo caracteriza como sacerdote y es el principio que anima toda su labor pastoral y apostólica.

“Se podría decir que el presbítero ha sido concebido en la larga noche de oración en la que el Señor Jesús habló al Padre acerca de sus Apóstoles y, ciertamente, de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, participarían de su misma misión (cf Lc 6, 12; Jn 17, 15-20)”(Directorio, 38).

Por eso, nacidos como fruto de esta oración, los presbíteros han de mantener “vivo su ministerio con una vida espiritual a la que darán primacía absoluta, evitando descuidarla a causa de las diversas actividades” (ibídem).

La vida de oración es, pues, para los sacerdotes una necesidad, a fin de encontrar el verdadero fundamento de toda labor de almas, y la garantía de santidad en el quehacer pastoral.

2. Diversos modos de orar.

Son diversas las maneras de orar (cf CEC 2700-2724): la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación o del corazón. Ésta última “es la vida del corazón nuevo” (CEC 2697): un don de Dios al que hay que corresponder (cf ibídem 2559-2561), que nos permite mantenernos en comunión con Él en cualquier actividad (cf CEC 2565). A ella se refiere San Pablo cuando nos manda: oren en todo momento (1Tes 5, 17).

En efecto, debemos luchar por hacer todo por amor a Dios, convirtiendo nuestra vida entera -por la intención y el modo de plantearla- en oración, es decir, en una expresión de amor a Dios.

Como santidad y contemplación son, en el fondo, la misma realidad, por eso, tan universal es el alcance de la llamada a la santidad (LG cap. V), como a la contemplación (CEC IV, I cap. I). Ésta no es un privilegio reservado a unos pocos. Todos -y los sacerdotes con titulo especial, derivado de nuestra configuración sacramental con Cristo Cabeza- podemos y debemos mantenernos en oración contemplativa.

Algunos Padres de la Iglesia nos han enseñado a hacer oración en medio de nuestras ocupaciones habituales, con ocasión del mismo trabajo diario: “Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina” (S. Juan Crisóstomo, Ecl. 2). Más aún, “para los santos, el mismo sueño es oración” (S. Jerónimo, Epístola, 22, 37).

Para progresar en el espíritu contemplativo, es preciso alimentarlo dedicando momentos concretos del día a los distintos  modos de oración. Concretamente, “es necesario que el sacerdote organice su vida de oración de modo que incluya: la celebración diaria de la Eucaristía con una adecuada preparación y acción de gracias; la confesión frecuente y la dirección espiritual ya practicada en el Seminario; la celebración íntegra y fervorosa de la Liturgia de las Horas, obligación cotidiana; el examen de conciencia, la oración mental propiamente dicha; la lectio divina; los ratos prolongados de silencio y de diálogo, sobre todo, en ejercicios y retiros espirituales periódicos; las preciosas expresiones de devoción mariana como el Rosario; el Via Crucis y otros ejercicios piadosos; la provechosa lectura hagiográfica” (Directorio, 39).

Así, a través de estos distintos medios de encuentro con Cristo, facilitamos que el Paráclito acreciente nuestro espíritu contemplativo, nuestra conciencia de estar constantemente en presencia de Dios.

Entre estos cauces de estar en contacto con Dios, destacan las formas litúrgicas de oración. La más importante es la celebración eucarística, el principal ministerio de los sacerdotes, que Juan Pablo II denomina como la cima de la oración (cf Catequesis sobre…, p. 52).

Otro momento verdaderamente importante de la oración litúrgica de los presbíteros: la celebración de la Liturgia de las Horas. En ella los sacerdotes “prestan su voz a la Iglesia que, en nombre de todo el género humano, persevera en la oración, juntamente con Cristo que vive siempre para interceder por nosotros” (PO, 13). De ahí la necesidad de vivir la gustosa obligación de elevar nuestro corazón oficial de la Iglesia.

3. Necesidad de la oración mental.

“Lo que une y estrecha el alma con Dios es el amor; pero el horno en que este amor divino se inflama es la oración o meditación” (S. Alfonso María de Ligorio).

Sin meditación el alma se hunde: Si no hubiera meditado tu Ley, con toda seguridad habría perecido en mi miseria (Sal 119, 92).

Esta experiencia la hemos tenido todos, en mayor o menor medida, pues con la meditación evitamos la gran enfermedad de la vida moderna que es la falta de reflexión, aquel verterse hacia las cosas exteriores, como es la inmoderada ansia de bienes materiales que poco a poco debilita la vida espiritual.

El testimonio de los santos es prácticamente unánime: “Un hombre sin oración no es capaz de nada, ni aún de renunciarse en la más mínima cosa, es la vida animal en toda la extensión de la palabra” (S. Vicente de Paul).

En nuestro medio contamos con el ejemplo de los Santos Mártires Mexicanos, como el de San Rodrigo Aguilar quien “celebraba la misa con fervor y devoción; su gran amor a la Eucaristía le hacía visitar varias veces al Santísimo; su meditación la hacía también frente al sagrario y en plena persecución continuaba haciendo fielmente una hora de adoración al Santísimo de 10 a 11 de la noche” (cf R. Valdés y G. Havers, Tuyo es el Reino, mártires mexicanos del siglo XX).

En nuestro caso, además, sin meditación perderíamos enseguida el sentido de nuestra misión sacerdotal:

“Tal vez en estos años (…) se ha discutido demasiado sobre el sacerdocio, sobre la ‘identidad’ del sacerdote, sobre el valor de su presencia en el mundo contemporáneo, etc., y, por el contrario, se ha orado demasiado poco.

No ha habido bastante valor para realizar el mismo sacerdocio a través de la oración, para hacer eficaz su auténtico dinamismo evangélico, para confirmar la identidad sacerdotal.

Es la oración la que señala el estilo del sacerdocio” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, 8-IV-1979, 10).

4. Diálogo personal con Dios.

Como han explicado los maestros de la vida espiritual, la oración mental o meditación es un diálogo personal con Dios, que nos pone en comunión con Él (cf CEC, 2565). “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (S. Teresa de Jesús,  Vida, 8). La amistad como trato implica correspondencias, diálogo de dos, no sólo es hablar con Dios, sino también, y ante todo, escucharlo.

Escuchar a Dios.
Para que pueda producirse ese diálogo con Dios, hemos de tener en cuenta que la oración es, antes que nada, un don de Dios, (CEC, 2559-2561): un coloquio amoroso en el que Él toma la iniciativa: El amor no consiste en que nosotros hayamos amado primero a Dios, sino que Él nos amó a nosotros (1Jn 4, 10); y en el que nuestro empeño ha de dirigirse, sobre todo, a dejarle hablar, a escucharle, para luego responderle con el corazón y con las obras: “Dios es quien primero llama al hombre (…). El Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la iniciativa del hombre es siempre una respuesta” (CEC, 2567).

De ahí que la oración mental no deba entenderse como una ascesis personal que busque el equilibrio y la paz interiores mediante el vaciamiento nihilista de las propias preocupaciones, según ha advertido una Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana (15-X-1989) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sino todo lo contrario, acudimos a la oración mental para hablar con el Padre, por medio de Cristo y con la ayuda del Espíritu.

No se trata de un monólogo, sino de un coloquio cuyo establecimiento supone un don libre y gratuito por parte de Dios, y en el que, por realizarse con Alguien superior, nuestro papel ha de ser, ante todo, escuchar: “la meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide” (CEC, 2705).

Hablar con Dios.
Ahora bien, para entrar en comunión con Dios a través de la oración mental, no basta procurar buscarle y escucharle, sino que es preciso también responderle, comprometiéndose personalmente: No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). El diálogo se opone tanto al monólogo como al anonimato impersonal. Y, por eso, la meditación se ordena a una comunión que requiere no sólo la apertura al don de Dios, según se ha visto ya, sino también estar dispuesto a responderle comprometiéndose en una alianza personal con Él (cf CEC, 2559-2565).

Hablar con Dios no es tan difícil como puede parecer, basta hacer un acto de fe en su presencia y ponerse a conversar. Es cuestión de abrirle el corazón, procurando hablarle de nuestra vida real (cf CEC, 2660), esforzándonos en huir del anonimato. Y, notar su presencia, dejar que el alma se explaye en actos de bendición y alabanza, de impetración y acción de gracias, de adoración y reparación (cf CEC, 2626-2649).

No hay que emplear palabras rebuscadas, sino dejarse llevar por el Espíritu, en una conversación sencilla, confiada y natural con el Padre: “Entre las diversas formas de oración, el Concilio subraya la oración mental, que es un modo de oración libre de fórmulas rígidas, no requiere pronunciar palabras y responde a la guía del Espíritu Santo en la contemplación del misterio divino” (Juan Pablo II, Catequesis sobre…, p. 49).

Y al orar, no hablen mucho como hacen los paganos, creyendo que Dios va a escuchar todo lo que hablaron. No sean como ellos, pues su Padre ya sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan (Mt 6, 7-8).

5. El combate de la oración.

Ahora bien, para facilitar el diálogo con Dios hemos de poner los medios a fin de vencer las dificultades que plantea nuestra flaqueza, y que el demonio procura avivar con empeño para apartarnos de ella. “Sabe el traidor que alma que tenga con perseverancia oración, la tiene perdida” (S. Teresa de Jesús, Vida 19, 49), pues, “si en ella persevera, por pecados y tentaciones y caídas de mil maneras que ponga el demonio, tengo por cierto la saca el Señor a puerto de salvación” (ibídem 8, 4).

Preparación.
Como hay que hacer en otros órdenes de la vida, es bueno que acudamos a estos encuentros con Dios con una adecuada preparación personal. Ante todo, conviene atender nuestra preparación interior. Si acudiéramos con la soberbia del fariseo (cf Lc 18, 9-14), no saldríamos de nosotros mismos y Dios rechazaría nuestra oración.

Por eso, Nuestro Señor nos advirtió que, antes de orar, hay que empezar por perdonar al prójimo (cf Mt 5, 23-24. 44-45; 6, 14-15), pues ¿cómo podríamos ser humildes con Dios, a quien no vemos, si no lo somos con las personas que vemos? (cf Jn 4, 20).

Hemos de poner los medios también para lograr un clima de recogimiento. Hace falta también que nos esforcemos por recoger con la mortificación nuestros sentidos externos.

Nos ayudará encontrarnos centrados en la meditación, acostumbrarnos a hacerla en unos momentos determinados del día, procurando respetarlos siempre que sea posible y, cuando no lo sea, adelantándola: pues nuestra condición corpórea ocasiona que rindamos mejor cuando seguimos unos ritmos a los que nos hayamos habituado (CEC 2698).

También es conveniente dedicar un tiempo fijo. En todo caso, hemos de rechazar la tentación de pensar que no tenemos tiempo (CEC 2726), estando persuadidos de su necesidad e importancia: de que es uno de los más necesarios alimentos del alma y de que, sin ella, no puede haber progreso interior.

Los autores espirituales aconsejan llevar algún libro que ayude a hacer oración. De esta forma, se supera con mayor facilidad el peligro de andar disipado o distraído:

“Si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin libro; que tanto temía mi alma estar sin él en la oración, como si con mucha gente fuera a pelear.

Con este remedio, que era como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada” (S. Teresa de Jesús, Vida, 6, 3).

Y así, facilitamos también al Espíritu que nos haga oír lo que Dios quiera decirnos a través de la contemplación de su Palabra encarnada o de la consideración de los acontecimientos naturales (cf CEC 2569): “Tu oración es como una conversación con Dios. Cuando lees, Dios te habla a ti; cuando oras, tú le hablas a Él” (S. Agustín de Hipona).

Por eso al meditar, hemos de mantenernos a la expectativa de lo que Dios desee transmitirnos, sin conformarnos con realizar una mera reflexión personal sobre las verdades reveladas: “Buscad leyendo, y encontrareis meditando” (Guido el Cartujano, Scala: PL 184, 476C).

Perseverancia.
Tan importante como la preparación, es el esfuerzo por perseverar ante las dificultades que nos incitan a abandonarla: “Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos” (CEC 2728).

El rato diario de oración no debe dejarse ningún día, como el enamorado no deja de buscar el trato con la persona amada mientras la tenga su alcance.

Nosotros tenemos nuestro gran Amor siempre expectante.

Otras veces, será la dificultad para concentrarnos en los momentos que destinamos a la oración mental:

“El alma no debe dejar la oración, aunque muchas veces, en el tiempo destinado para ella, le presente el demonio muchas más batallas y fantasías que cuando fuera de la oración.

Esto lo hace el demonio para que el alma tome hastío de la oración, diciéndole frecuentemente: de nada te sirve esta oración (…) y para que deje el ejercicio de la oración, la cual es un arma con que el alma se defiende de todos sus contrarios” (S. Catalina de Siena, El Diálogo, Madrid, 1956, p. 219).

Con especial fuerza hemos de rechazar la tentación del desinterés espiritual por la oración.

Éste puede deberse, o bien a la falta de fe y de confianza en la utilidad de la oración, que producen la sensación de estar malgastando nuestras energías en una actividad inútil y llevan a dar prioridad a “mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes” (CEC 2732); o bien a la falta de amor, a la acedía o pereza espiritual, que se debe “al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón” (CEC 2733).

Conclusión.
Propongámonos hacer todos los días, una hora de oración delante del Santísimo Sacramento y con su gracia, perseveremos en este medio.

Revisemos, pues, nuestra actitud y disposiciones personales ante la oración. Hagamos propósitos de ponernos a la altura de las circunstancias y de nuestra condición sacerdotal, y, con el Papa, “pidamos al Señor que nos conceda un gran número de sacerdotes que en la vida de oración descubran, asimilen y gusten la sabiduría de Dios y, como el Apóstol Pedro, sientan una inclinación sobrenatural a anunciarla y difundirla como verdadera razón de ser de su apostolado” (Juan Pablo II, Catequesis sobre… pp. 50-51).

No hay mejores maestros de oración que María y José. María es la mujer que escuchaba la Palabra de Dios para practicarla (cf Lc 8, 22; 11, 28), que guardaba todo y lo meditaba en su corazón (Lc 2, 19), que pedía con fe. Y, con Ella, San José, patrono de nuestro Seminario:

“Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro; y no errará en el camino” (S. Teresa de Jesús, Vida, 6. 6. 7. 8).

Con ellos avanzaremos seguros por el camino de la oración.

+Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara

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