Frecuentemente advertimos que muchos dejamos de hacer o de decir lo que podemos y queremos realizar o comunicar por los, así llamados, “respetos humanos”. Estos son fruto del temor a la reacción que otros puedan tener si hablamos o actuamos. Esa reacción es el silencio o la supuesta ignorancia. La opinión y la reacción de otros, ante la verdad, tiene mayor piso que la misma verdad, en la conciencia de muchos de nosotros. Nuestra fragilidad se transforma en falta de congruencia. “Tanto afrenta a la verdad la mentira como el silencio” (Cicerón).
El santo Cura de Ars, con su habitual claridad y amabilidad, instaba a no dejarse someter por los respetos humanos, pues nos llevan a vivir en el temor y a dejar de cumplir, por amor a Dios, nuestros deberes y responsabilidades: “el buen Dios nos quiere libres y valientes, no esclavos de las opiniones y juicios que otros puedan hacer; nunca dejemos o de decir lo que agrada a Dios nuestro Señor”.
Por otra parte, hay que abstenernos de los muy extendidos y arraigados “juicios temerarios”, a través de los cuales sin la suficiente información, o faltando la esperada prudencia y caridad, nos precipitamos en el “hablar mal” de los demás: “a pesar de todos los datos y de las señales al parecer más inequívocas, estamos siempre en gran peligro de juzgar mal las acciones de nuestro prójimo. Lo cual debe inducirnos a no juzgar jamás los actos del vecino sin madura reflexión” (santo Cura de Ars).
En realidad, no es difícil que la ansiedad nos lleve a dar por hecho lo que es simplemente probable, o a dar por certeza lo que sólo es opinión, muchas veces movidos por faltas de caridad, envidia o rencor: “para juzgar sobre lo que hace o dice una persona, sin engañarnos, sería necesario conocer las disposiciones de su corazón y la intención con que dijo o hizo tal o cual cosa” (santo Cura de Ars).
Los juicios temerarios han dividido y enfrentado a tantas personas y a tantas familias; los juicios temerarios revelan y manifiestan la fragilidad de la persona, o la corrupción interior que hay en la persona humana.
Por desgracia, juzgar al prójimo o hablar mal de otros se advierte como algo normal por ser tan común. No olvidemos que la norma de conducta es Jesucristo, no los usos o desviadas costumbres de los hombres.
Cuando oramos poco o mal, cuando descuidamos la vida sacramental, cuando falta ascética en nosotros, qué fácil es caer en la murmuración y la crítica.
“los juicios temerarios y las críticas sólo pueden proceder de un corazón malvado, lleno de orgullo o de envidia. Un buen cristiano… no piensa ni juzga mal de nadie, jamás aventura su juicio sin un conocimiento cierto” (santo Cura de Ars).
San Agustín de Hipona nos enseña que “si el mal ajeno es dudoso, podemos lícitamente tomar precauciones contra él, por si es cierto; pero no debemos condenar como si ya fuera cierto” (comentario sobre el Salmo 147).
Finalmente, no dudemos de la gracia de la conversión. No falta que aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, recibe la ayuda de Dios y se convierte, llegando a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto se había confiado, puede corromperse y convertirse en el peor enemigo. “Ni nuestro temor es constante, ni nuestro amor indefectible. Coloquémonos en las bondadosas manos del Redentor, Jesucristo Nuestro Señor” (santo Cura de Ars).
A la Madre de Dios, solicitamos su oración y no dejemos de hablar bien con todos y de todos.
Con aprecio
+Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara |