ALGUNOS DE LOS RASGOS SACERDOTALES DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY
San Juan María Vianney murió el 4 de agosto de 1859. Junto a su humilde cama, los que le rodeaban en un ambiente de oración, contemplaban la serenidad con que el santo párroco esperaba el encuentro con el buen Dios. Tenía 73 años al entrar en la gloriosa eternidad del Resucitado.
Un sacerdote sencillo, humilde, sacrificado y servicial, que había inspirado a muchos a experimentar la bondad de Dios. Un buen sacerdote, un sacerdote santo.
Él fue beatificado el 8 de enero de 1905 por el Papa san Pío X quien, el 12 de abril siguiente, le declaró patrono de todos los sacerdotes que atienden pastoralmente a los católicos franceses y a los católicos que hablan francés. El 31 de mayo de 1925 fue canonizado por el Papa Pío XI, declarándolo patrono de todos los párrocos del mundo entero el 23 de abril de 1929.
Con ocasión del centenario de la muerte del santo Cura de Ars, el beato Juan XXIII le dedicó una encíclica. Es muy raro que un santo sea objeto de una encíclica de parte de un Pontífice. Finalmente, el siervo de Dios Juan Pablo II quiso visitar, como peregrino, el 6 de octubre de 1986 a Ars. Durante su estancia en Ars, el siervo de Dios Juan Pablo II, celebró la santa Eucaristía. en la homilía, así se expresó el Santo Padre: “Cristo, en tiempos del santo Cura de Ars, se quiso quedar aquí, para curar a muchos, con su misericordia, de las heridas del pecado. Sí, aquí se detuvo, porque ha visto la muchedumbre de hombres y mujeres que están “cansados” por el pecado, están “agobiados” y “extenuados” por falta de alimento espiritual. Jesucristo aquí se ha detenido como el Buen Pastor.
¿Por qué la iglesia tiene tanta admiración a este sencillo párroco rural? ¿Por qué atrae? ¿Por qué seduce? ¿Por qué provoca? ¿Qué encontraban en él tantos peregrinos, que estaban convencidos de su santidad, de su vida íntegra y ejemplar? Sin el deseo o la pretensión de decir todo, hoy podemos asegurar que en el santo Cura de Ars han visto a un gran evangelizador: su vida y sus palabras llegaban al corazón de muchos, purificándolo y transformándolo. Para muchos el camino de la vida, el camino para encontrarse con el Buen Dios, ha tomado un nombre, grande y pequeño: Ars. No fue un predicador itinerante; con el rebaño que Dios le confió permaneció fielmente más de 40 años. Desde Ars llegó a todo el mundo.
Algo muy propio del santo Cura de Ars fue el explicar el Evangelio de un modo sencillo y comprensible. Los menos instruidos no tenían dificultad para entender las catequesis del santo párroco. Un sacerdote enamorado de Jesús que habla de Jesús con una gran claridad y convicción.
La beata Teresa de Calcuta decía: “es terrible el olvidar lo mucho que nos quiere Jesús”. San Juan María Vianney vivía en la presencia de Dios, sintiéndose observado, escuchado y amado por Cristo. Su figura ayudaba a muchos a pensar en Jesús, a desear amar más y mejor al Buen Dios.
San Juan María Vianney no sólo ejerció admirablemente el ministerio sacerdotal; vivió sacerdotalmente, pues agradeció con humildad la gracia de participar del sacerdocio único y perfecto de Cristo. Ha quedado para la historia la espontánea frase de un peregrino que visitó Ars: “he visto a Dios en un hombre”.
Los medios pastorales que utilizó fueron evangélicamente simples, porque están a disposición de todo sacerdote: la oración, los sacramentos, la catequesis y el servicio a los más pobres. En síntesis, genuina caridad pastoral, siempre y con todos.
En cierta manera, su modo de vivir facilitaba el que muchos, a través de él, se acercaran al Buen Pastor. “Fruto sabroso que alimento a multitudes con la gracia del Altísimo” (G. Bernanos).
Por ejemplo, en el caso de la oración. Es de esperar la cotidiana oración, del que es, por vocación y misión, maestro de la oración, experto a lo que toca a la intimidad con Dios. En el caso de san Juan María Vianney, la oración no sólo fue un hábito o el cumplimiento responsablemente de un deber. La oración, por ser un encuentro con Cristo, lo era todo: oración durante el día, para hacer de toda actividad pastoral una ofrenda en honor del Buen Dios. Así decía, a cinco años de su ordenación: “¡Qué bueno es Dios! Siendo yo tan miserable, en ningún día ha permitido que el fuego de la oración se apague en mí ¡Qué bueno es Dios!”. Muchos habitantes de Ars gozaron al ver a su párroco orando; muchos habitantes de Ars y de Francia, gustaron de los frutos de una oración, tan humilde como confiada. Y no hemos de olvidar que, habitualmente, el hombre de oración se ve enriquecido con el don del consejo.
Cuentan los testimonios de la época, que muchos campesinos y agricultores, levantándose de madrugada, al pasar por la parroquia, veían a su párroco orando; con el tiempo, ellos mismos, al salir de su hogar y antes de trabajar acostumbraron una visita a Jesús Sacramentado. Algunos, llegaron a escucharle: “Señor, convierte mi parroquia”. Muchos más, le escucharon, mientras lloraba: “Conviérteme, Señor, pues soy un pobre pecador”. San Juan María Vianney comprendió, con evangélica claridad, que la fecundidad de las tareas que Dios nos encomienda, depende de la oración y de la gracia, no de nuestras capacidades o cualidades. El evangelizador puede aportar agua y abono, el cuidado de su mirada… pero, “es siempre Dios quien da el crecimiento” (++++++++++).
Durante su ministerio no titubeó en el poder de Dios. Él sabía que no podía convertir a nadie; pero, él sabía que Dios puede y quiere la conversión de todos. Su servicio se nutrió siempre en una gran confianza en el amor y poder de Dios. Cita la historia que, al llegar a Ars sólo una persona asistía a la Iglesia; cuarenta y un años después, sólo una persona no asistía a Misa los domingos. Por otra parte, de 29 cantinas que había, para el año de su muerte (1859), todas habían cerrado.
Con particular caridad acercó a los alejados, motivó a los indiferentes, y no se dejó vencer por las envidias e intrigas de algunos.
Impresiona aún su pobreza voluntaria por amor a Cristo. En su sencillez, pronto comprendió lo fácil que es apegarse a las cosas, a sí mismo. Singular es la frase que escribió: “es raro que alguien admita ser esclavo; todos encuentran razones para justificar lo que tienen o quieren tener; sin embargo, es edificante ver que, con la recta intención viene la verdadera pobreza” (santo Cura de Ars).
Para san Juan María Vianney, pobreza y oración, se dan juntas. La pobreza es la manifestación de la riqueza que se tiene en Cristo, en la oración.
Para su espiritualidad sacerdotal, consta que el humilde párroco de Ars, se apoyó en dos grandes Padres de la Iglesia: san Ambrosio y san Juan Crisóstomo; al mismo tiempo atendió los consejos y enseñanzas de san Francisco de Sales, san Vicente de Paul y de san Alfonso María de Ligorio.
Particular empeño puso en la adoración a Jesús Eucaristía, así como el rezo cotidiano del Rosario, como un modo sencillo de honrar a María y de confiarnos a su intercesión. A un sacerdote, muy sacudido por las tentaciones, le recomendó no dejar un día sin una serena visita a Jesús, en el Sagrario, y la diaria invocación a la santa Madre de Dios.
Ordinariamente, el sacramento que más administra un sacerdote es la Reconciliación. Para san Juan María Vianney, esta fuente de gracia, fue un ministerio querido, valorado y diariamente administrado. Durante muchos años, ha transcurrido, en promedio, doce horas en el confesionario. No fueron pocos los días en los que, desde las cuatro de la madrugada, estaba ya escuchando en confesión. Sacerdote disponible, de atenta escucha, de consejos breves y muy atinados. Siempre comprensivo ante la fragilidad del pecador, y gran animador para recurrir el camino que conduce a la vida. gracias a su caridad, muchos gustaron de la misericordia de Dios, regresando en paz y deseosos de mantenerse en un permanente proceso de conversión. Pero el célebre confesor no omitía su frecuente confesión: entre lágrimas confesaba sus pecados y aguardaba el baño de la misericordia de Dios. El Padre Lacordaire cita esta frase que escuchó del santo Cura de Ars: “para confesar, confesarse; para predicar, orar; para vivir según Dios, no omitir la mortificación… el sacerdote no desconoce la tentación, pero debe mostrar como vencerlas”.
Promovió obras de caridad, confiadas a la Divina providencia, a fin de ayudar a tantas personas necesitadas de Ars y alrededores. Cuando le entregaban algún donativo para el curato, sumamente austero, o su persona, lo dedicaba a los pobres, “el tesoro de la Iglesia”. ¿Cómo atender en tiempos de escases a tantos necesitados? He aquí la respuesta del santo: “para que no falte nada hay que darlo todo”.
Es de notar que, no obstante el tiempo que dedicó a la oración, la Reconciliación y la atención a los pobres y necesitados, jamás suprimió la catequesis. El santo Cura de Ars comprendió la importancia de la enseñanza para el crecimiento y fortalecimiento de la fe. Sin catequesis es muy difícil que quien es “un niño en la fe” se transforme en “un adulto en la fe”. Las catequesis, en la costumbre del santo Cura de Ars, eran sencillas, adaptadas y motivadoras intervenciones diarias. Para el santo párroco suponían oración, investigación y penitencia, para “no enseñar lo que uno no se esfuerza en conseguir de la gracia de Dios” (san Juan María Vianney). En sus catequesis no faltaban ni las imágenes ni las palabras más comprensibles, como no omitía la oración, pues “sólo la fuerza persuasiva del Buen Dios, toca y transforma los corazones, a pesar de las evidentes limitaciones del predicador” (santo Cura de Ars). Para los fieles de esta parroquia y los numerosos peregrinos que le escuchaban, sin embargo, el mejor catecismo era el sacerdote, y la más clara y convincente lección era su vida. De ahí esta expresión del célebre predicador de Notre Dame de París: “he venido a ver lo que yo predico” (Padre Lacordaire).
Para el santo párroco, habitualmente, la catequesis preparaba a la reconciliación, y la reconciliación a la Eucaristía; toda una escuela, en su gradualidad e integralidad.
No se mantuvo ajeno a las necesidades materiales del rebaño a él confiado. Con decisión apoyó la construcción de dos escuelas, se preocupó por la salud de los más pobres, ancianos y marginados. Promovió el que todos aprendieran un oficio y trabajaran con determinación, según su estado y condición: “¿Es genuina la oración si no viene acompañada por la solicitud por los más pobres?” (santo Cura de Ars).
El santo Cura de Ars fue amado por los fieles; entre sus hermanos de ministerio, por unos fue ignorado, por otros criticado y por otros admirado. Pero, él siempre recordaba el juicio justo y misericordioso de Dios, que a todos beneficia y enriquece: “soy tan débil. Tan fácilmente aparto mi mirada de Dios; el consuelo que tengo es que Él nunca deja de mirarme amorosamente” (santo Cura de Ars).
Conociendo las numerosas necesidades espirituales de los bautizados, oraba y hacía orar por las vocaciones al sacerdocio. Siempre se interesó por el Seminario, por dotarlo de seminaristas y de ayudar a los seminaristas; gracias a su apoyo material y espiritual, muchos jóvenes perseveraron en el Seminario y se ordenaron sacerdotes: “no debe faltar entre los hijos de Dios el generoso apoyo al Seminario” (santo Cura de Ars).
+Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara |