:: EL SACERDOTE ::

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A los sacerdotes y a los futuros sacerdotes, como diría el Apóstol Pablo, Dios nos ha puesto a modo de espectáculo para los hombres y el mundo entero. Se nos puede considerar necios por seguir a Cristo; se nos puede calificar como débiles y despreciados, por ser discípulos suyos. Pero, con las recomendaciones de san Pablo, si nos persiguen, lo soportamos, y si nos difaman, respondemos con bondad (cfr. 1Cor 4, 9-13).


Pero, fortalecidos con la misericordia de Dios, no desfallecemos, pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo. Tarea nuestra, pues es misión recibida, en el irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo (cfr. 2Cor 4, 4-6). Como ministros y seguidores de Cristo, hemos de reportar riesgos y peligros; no ha de faltarnos el trabajo, el cansancio, el rechazo y la responsabilidad en el servicio a la evangelización. “Si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré” (2Cor 11, 23).


El sacerdote está llamado a ser testigo de la Verdad. Ha de ser una carta de Cristo, escrita no con tinta, sino en tablas de carne, en los corazones. Nuestra confianza tiene como fundamento el poder de Dios: “no es que por nosotros mismos seamos capaces, de atribuirnos cosa alguna, como propia, sino que nuestra capacidad es don de Dios” (“Cor 3, 3-5).


Esta experiencia del sacerdote, gracia de Cristo, le ayuda a comprender mejor a los hombres, hermanos nuestros. Si el sacerdote ha sido tomado de entre los hombres, nunca podrá olvidar que este origen es campo obligado de acción sacerdotal. Siempre el sacerdote y el futuro sacerdote, con un corazón agradecido, ha de hacerse solidario de las preocupaciones de los hombres, trabajando generosamente, a favor de la paz y de la justicia, de la caridad y la reconciliación.


Aunque sean numerosas las pruebas y las dificultades, hay que actuar positivamente, no dejando que el fatalismo nos infecte. El activismo nos absorbe y nos agota. Ante una comunidad que parece haberse olvidado de Dios, hay que recordar que Cristo vive, actuando de manera comunitaria y responsable, como lo ha pedido insistentemente el documento de Aparecida. Hay que acercarse fraternalmente a cada hombre, como san Pablo, para ayudarle a descubrir en su propio corazón el rostro amable de Cristo, muerto y resucitado.


Oportuno es recordar las palabras del Papa Benedicto XVI: “¿Qué hacer? La gente da la impresión de no necesitar de nosotros; parece inútil todo lo que hacemos. Y, sin embargo, la Palabra del Señor nos enseña que sólo esta semilla transforma siempre de nuevo la tierra y la abre a la verdadera vida… A mucha gente, la Iglesia les parece un tanto anticuada; nuestras propuestas no les parecen necesarias. Se comportan como si pudieran y quisieran vivir sin nuestra palabra, y piensan siempre que no tienen necesidad de nosotros. No buscan nuestra palabra (25 de julio de 2005).


El sacerdote es compasivo y comprensivo, predica, confiada e insistentemente, el Evangelio. Nada se pierde; en la esperanza, se aguarda.


Que la protección de la Virgen María, de san José y de los santos mártires mexicanos, nos alcance de Cristo Jesús, Buen Pastor, el amarlo y el hacerle amar de todos los hombres, con el singular ejemplo del Apóstol Pablo.

Con aprecio y oración

+Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara

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