:: AUTENTICIDAD Y GENEROSIDAD DEL CATÓLICO ::

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Cicerón, un pensador romano, dijo una vez que “nada puede ser útil si no es al mismo tiempo moralmente bueno”. Esta es una clara forma de decir que el fin no justifica los medios. Nuestros objetivos pueden ser admirables, pero si usamos de medios incorrectos para alcanzarlos, lastimamos seriamente nuestros objetivos y nuestro juicio moral. El significado de esto es, obvio, para toda persona y comunidad.

Existe una jerarquía de verdad sobre el comportamiento humano, y ésta debe guiar nuestra toma de decisiones. Hay cosas que tienen mayor peso moral que otras; lo sabemos de manera sencilla. Hacer trampa en un examen es malo; derrochar dinero es peor, y hablar mal del prójimo, evitando la corrección fraterna, es todavía peor.

En nuestros días, la santidad de vida es fundamental. Sin ella, ¿qué mal se puede evitar?; con ella, ¿qué bien es inalcanzable, por la gracia de Dios?

En la gradualidad y en la proporcionalidad, por ejemplo, admitimos nuestros deberes con la sociedad, en la búsqueda del bien común. Al gobierno hemos de acompañarlo con la oración (cfr. 1Tim 2, 2); nuestra obediencia a las autoridades civiles, en su competencia, debe estar marcada por la solidaridad y el respeto, que no es servilismo, silencio, pasividad, pretexto, excusa, ni tolerante aceptación de un mal grave. No hemos de olvidar que, en última instancia, lo más importante se lo debemos a Dios: nuestra vida, nuestro intelecto, nuestro libre albedrío, nuestra familia, el don de la vocación, la integridad moral, el altísimo don de la gracia y la esperanza de la vida eterna. Estas son las cosas realmente importantes. Estas son las cosas que vale la pena  enaltecer y defender con nuestro esfuerzo. Ninguna de ellas viene de Tiberio o de Adriano, ni de ninguno de sus sucesores.

Henri Bergson dijo en una ocasión que el fundamento del servicio está en el amor. A veces, el trato o contacto con los demás es hipérbole, simulación, “teatralidad”… Todo ello es superable si alimentamos si alimentamos el espíritu con los más elevados ideales evangélicos, con nuestra valentía, honestidad y activa participación en la maravillosa tarea de la evangelización, en esta misión continental.

Sin embargo, es posible que algunos de nosotros estemos traicionando a Cristo, negándonos, bajo cualquier excusa, al servicio, al esfuerzo, a la vida de gracia. “medrando en la mediocridad” (san Francisco Javier).

Si realmente amamos a Cristo y a la Iglesia, si verdaderamente valoramos nuestra fe, viviendo según las enseñanzas del Evangelio sin evasiones ni recortes, y defendemos el don de Dios, entonces colaboramos ampliamente en el anuncio y experiencia de las bienaventuranzas.

Los católicos mexicanos debemos ser más y mejor católicos, no menos. No se trata de ser simplemente “más católicos”, como si todo fuera asunto de números, sino de serlo de manera más auténtica y generosa, en las palabras y en los hechos, en las motivaciones y en las acciones, en lo personal y en lo comunitario. “Me anima la confianza en Dios; si lo entrego todo a Jesús, podré ser lo que Dios quiere que sea” (Beato Rafael Arnáiz).

A María, Madre de Dios y maestra de la confianza, nos encomendamos filialmente, encomendándole las familias, los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales.

 

Con aprecio

+Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara

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