UNA HISTORIA VOCACIONAL ÚNICA

10 Marzo 2012

Joaquín Antonio Orozco Landeros

Cuando todavía era muy pequeño nació en mí cierta inquietud por la vida consagrada a Dios. La razón: mi papá fue franciscano pero optó por la vida de matrimonio cuando todavía cursaba la teología, y en las tertulias familiares frecuentemente nos platicaba sobre los lugares a los que fue de misión para que fuéramos agradecidos por lo que teníamos pensando en aquellos que vivían en la sierra.

Yo decía querer ser franciscano o misionero comboniano, para conocer el mundo y hacer misión así como lo llegó a hacer mi papá. Y, de hecho, en la escuela primaria me decían “el padrecito”.

Una amiga de la familia me comentó que algunos se metían a seminarios desde la secundaria, lo que quería decir que no tenía que esperar tanto tiempo para cumplir mi cometido. Cuando externé mi deseo a mi papá de meterme al seminario me contestó que me esperara más tiempo porque no tenía la edad de tomar tales decisiones.

Cuando entré a la secundaria ya no me preguntaba sobre lo mismo, porque había descubierto algo que estuvo siempre a mi lado pero que no le había puesto atención: las niñas… y pensé que no podía entrar al seminario porque me gustaban y quería formar una familia.

Pasé a la preparatoria me dejé llevar por todo aquello que sucede en esa etapa de la vida: las fiestas, los amigos, la música, la novia… todo lo que un adolescente quiere. En ese tiempo formé una banda de rock, trabajaba, salía con mis amigos, me la pasaba de lo mejor. Pero todo esto repercutió en mi desempeño escolar, tan así que antes de que me corrieran de la prepa me salí, tan solo para no darles el gusto de correrme. Claro que mis papás pusieron el grito en el cielo. Los decepcioné.

Tuve que recomenzar la prepa desde cero, y con más empeño para no caer en lo mismo.

Ya desde antes tuve contacto con gente del Opus Dei, e iba a formación a varios centros. Esto me ayudó a replantearme mi vida  y mi vocación que había dejado en standby, ya que nunca dejé de sentirme llamado, pero había decidido responder de manera negativa a tal vocación. De hecho pedía con frecuencia por las vocaciones porque decía que si no respondía al Señor pediría para que otros sí le respondieran.

Y fue muy fácil que, un día que fui a Misa entre semana a mi parroquia, me volví a preguntar ¿por qué no seguir al Señor?, y la verdad no encontré trabas dentro de mí que me impidieran pedir ingreso al seminario. Entonces tomé la decisión de entrar después de hablarlo con quien debía. Pero ya habían pasado las admisiones al seminario y tenía que esperar todo un año para intentar ingresar. Así viví un año afuera del seminario pero comenzando con una vida espiritual más activa en oración, con mi Eucaristía diaria y encomendándome a mi Madre con el santo Rosario. Lo que más me ayudó en ese año fue el acompañamiento de mis amigos y el apoyo incondicional de mi familia. No podía ser mejor.

Me admitieron en el Seminario en el 2008, cuando tenía 21 años cumplidos. Ahora estoy en el segundo año de filosofía, y cada día con más ganas de ser santo… un sacerdote santo. Con la gracia de Dios y mi lucha diaria lo podré lograr.